Iribas en el país de los ciegos o de cómo el Consejero y los sindicatos se reencontraron.



Érase una vez un Consejero aseado, impecable, correcto en las formas pero etéreo y vaporoso en el contenido, cuyas decisiones a menudo contradecían sus propias manifestaciones. Iribas parecía siempre (o casi) imperturbable, pese a las críticas y las protestas. Estaba seguro de que en Navarra las cosas eran diferentes y no había de qué preocuparse. Dice la jota: “Cante Navarra sin miedo. Cante Navarra y más cante. Si se hunde el mundo, que se hunda. Navarra siempre palante”. Y así, siempre palante, Iribas se mostraba satisfecho, con la conciencia tranquila, sabedor de que todo lo que hacía era por el bien de Navarra. Por eso ahorraba en profesores. Por eso aumentaba el horario lectivo. Por eso incrementaba la ratio. Por eso reducía el sueldo modificando la asignación del complemento por jefatura de departamento. Por eso aceptaba la prácticamente nula movilidad del profesorado o la arbitrariedad en la asignación de comisiones de servicio. Por eso reconvertía plazas ganadas por oposición en plazas con perfil bilingüe. Por eso limpiaba la escuela pública de etarras. Todo por Navarra (pero sin Navarra, como diría nuestro Luis XIV foral).

Un buen día, el Informe PISA le demostró a Iribas que tenía razón. Era la prueba concluyente de aquello de lo que muchos sindicatos navarros venían presumiendo: Navarra es la leche. Claro que Iribas y los sindicatos de siempre, coincidiendo en este diagnóstico victorioso, desarrollaban después teorías explicativas del gran acontecimiento muy diferentes: para Iribas, esto corroboraba que Navarra estaba haciendo las cosas mejor que bien y que no había motivo alguno para criticar su gestión. Los sindicatos, por su parte, se cargaban de argumentos para continuar su movilización en contra de la LOMCE, una ley que hacía peligrar la situación educativa privilegiada de nuestra comunidad. Corrían riesgo las altas cotas de sublimidad de nuestra educación pública por culpa de la derecha, cuyo objetivo era recortar y recortar hasta impedir que nuestros brillantes alumnos pudieran ser el modelo para el resto de España.

Así, todos aparecían radiantes y embriagados de éxito, pues el Informe PISA, que tan amargos tragos había hecho pasar a la clase política y sindical, los había unido ahora en una suerte de éxtasis colectivo que, además, daba juego para la persistencia en la estrategia de cada cual. Iribas consideraba constatada “la excelencia del sistema educativo navarro” (versión navarra del "España ha entrado en la Champions League de la economía" zapateril) y los sindicatos forales el peligro inminente de la LOMCE. Aunque, en realidad, no todos estaban unidos en el regocijo. Digamos, recordando a Astérix, que una pequeña asociación, constituida por irreductibles profesores, resistía todavía ante los cantos de sirena de la autocomplacencia y el ruido mediático de las movilizaciones anti-lomce (¿o debería decir “pro-logse”?). Los profesores de APS no compartían el alborzo del Consejero, quien se había apresurado a hacer público su “sentimiento de gratitud, agradecimiento y reconocimiento” a los profesores navarros (incluyendo entre los dedicatarios de tan cariñosas palabras, supongo, a los “profesores proetarras”). Y no lo compartían porque sabían que, en clase, las cosas iban a seguir más o menos igual. Porque sabían que los nefastos resultados de otras comunidades no podían esconder la realidad, por mucho que Navarra destacara de entre la mediocridad. Porque sabían que, con Informe PISA o sin él, el nivel de formación de sus alumnos no era compatible con el triunfalismo sino que requería con urgencia un diagnóstico realista y la adopción de medidas eficaces. Porque conocían la escasa dificultad de las preguntas (las relativas a la comprensión lectora sobre las galletas de chocolate son especialmente sonrojantes) y también el tipo de preguntas que, por ejemplo, se plantean en la prueba externa de la admirada Finlandia a los alumnos de 18 años (“¿Por qué el Próximo Oriente ha sido una zona de conflictos a lo largo de toda la historia de la humanidad?”). Porque sabían que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y esto, para algunos, no es ningún consuelo.

Ah, el Consejero y los sindicatos fueron felices y comieron perdices.

Y colorín colorado, esta cuento se ha acabado.

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