El profesor devaluado.



Si hay un lugar común en el manual de devaluación del oficio de profesor, oficio antaño respetado, incluso prestigiado, ese es el de su supuestamente incompleta formación, reproche que suele ir asociado a otro: el tópico del (mal) funcionario que se duerme en los laureles una vez ganada la oposición y asegurado su puesto de trabajo (o como se llame lo que tenemos hoy día los docentes).

En una sociedad como la nuestra, tan propensa a etiquetarlo todo, no es fácil combatir este tipo de prejuicios. Lo único que podemos hacer es desarrollar nuestro trabajo con la mayor profesionalidad que podamos y lo mejor que nos dejen, insistir en rebatir todas las falacias educativas que se vierten constantemente y tener muy claro que pocos de los que critican la figura del funcionario, primero, tienen clara la diferencia entre quien lo es por oposición y quien ha sido designado por vía dactilar (a todos se los denomina “funcionarios” pero no todos lo son -otro desliz interesado y muy útil a la hora de hablar del “sueldo medio del funcionario” incluyendo en el cálculo a los altos cargos de libre designación y alta remuneración-) y, segundo, conocen que la razón de ser de un funcionario no es proporcionarle una vida plácida y sin complicaciones sino asegurar su total independencia del poder, al impedir que un cambio de gobierno pueda modificar su situación laboral (en el caso de los profesores, como cualquiera que gobierna nos baja el sueldo y nos denigra, la independencia es prácticamente inevitable).

Pero volvamos al asunto central de este artículo, el arma arrojadiza que todo experto educativo y/o psicopedabobo guarda como recurso implacable para destruir los argumentos de cualquier profesor que ose defender la profesión: la formación. No en pocas ocasiones se ha acusado al docente de Secundaria de ser un personaje resentido, que está en la enseñanza "solo por la pasta", que no tiene el más mínimo interés en que sus alumnos aprendan y que se resiste a eso que han dado en llamar “formación continua” o “permanente”, que todas las leyes educativas desde la LOGSE han considerado imprescindible y que las diferentes administraciones intentan, dicen, potenciar por medio de cursos que forman parte del Plan Anual de Formación del Profesorado. Esta formación permanente debería entenderse (así lo entendería yo) como una manera de garantizar el perfeccionamiento profesional del profesor en su tarea docente. Pero no parece que la oferta se ajuste a esta tesis sino más bien a un intento indisimulado de devaluar cada vez más la imagen del profesor de instituto, al que se pretende transformar en otra cosa: un asistente social, un terapeuta, un coach o quién sabe en qué demonios (los caminos de la clase política son inescrutables). Vean los cursos que ya ha convocado el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra para el próximo curso: “Acoso escolar. Prevención y educación”; “Trabajar la convivencia, cómo y para qué”; “La disrupción escolar”; “Competencia emocional en el contexto educativo”; “Mediación en el centro educativo”; “Intervención en casos de disrupción”; “Habilidades sociales y de comunicación en la resolución de conflictos”; “Convivencia y resolución de conflictos”; “Educación emocional y de la afectividad en las relaciones entre iguales”; “Acompañamiento en la implantación de los programas de convivencia”. Ya me dirán si un profesor de música como yo puede sentirse atraído ante semejante cartelera. No niego que a un profesor le pueda interesar informarse sobre el acoso escolar o la convivencia ni que sea importante conocer qué tipo de situaciones pueden darse y cómo afrontarlas, pero ¿nadie se ha parado a pensar que también, y digo solo también, sin excluir el hipotético interés en asuntos tan apasionantes como la “educación emocional y la afectividad en las relaciones entre iguales”, pudiera ser apropiado ofertar cursos que tuvieran alguna relación con la disciplina del docente? Pues no, nadie se ha detenido a pensar en ello porque la Administración tiene muy claro su objetivo: rebajar, al mismo tiempo que el nivel medio del alumno, el nivel medio del profesor, convertirlo en un profesional mediocre que sepa cada vez menos de su especialidad, para poder contar, sospecho, con un amplio colectivo de trabajadores poco preparados y tan dóciles como los alumnos cuando alcancen la edad adulta sumidos en la ignorancia, dóciles, los profesores, porque, despojados de lo que debe ennoblecer a un docente, su preparación, su erudición, su capacidad, su conocimiento, sus méritos (luego volveremos sobre esto), lo único que les puede posibilitar la promoción profesional es acercarse al poder para acceder a determinados puestos para los que no se les va a exigir más mérito que el de haberse sabido aproximar a quien tiene autoridad para concederlos.

¿Cómo se legitima toda esta farsa? Mediante dos mecanismos: los ya mencionados planes de formación, que desdeñan las especialidades, el rigor, la seriedad y todo aspecto disciplinar, y los baremos de méritos, que hacen lo propio valorando como mérito lo que sin duda lo es, pero en un aspecto dudosamente académico: en efecto, tiene mucho mérito ser capaz de inscribirse, soportar y terminar algunos de los cursos organizados por las administraciones educativas.

En definitiva, uno de los problemas más graves de nuestra profesión, que en gran parte justifica la escasa consideración social que hoy se tiene del profesor, es la labor callada de la Administración (y no siempre callada -recordemos los ataques furibundos de la Secretaria de Estado de Educación, la primatóloga Monserrat Gomendio-) en esta estrategia de descrédito permanente y progresivo cuya punta de lanza es el desprecio a la verdadera formación continua del profesor, a través de una ridícula valoración de sus méritos académicos (segundas licenciaturas, doctorados, impartición de cursos, publicaciones…) en unos baremos hechos a la medida de otro tipo de perfil cuyas características ya han quedado expuestos más arriba. Así, sin prisa pero sin pausa, esta táctica del fomento de la mediocridad, de la que debemos responsabilizar a nuestros dirigentes educativos, va minando la motivación del profesor comprometido tanto como el igualitarismo a la baja la del alumno aplicado y desemboca en un ambiente de conformismo que resulta letal para el ejercicio de una profesión cuya dignidad debe ser reivindicada por quienes la ejercemos en unas circunstancias que de ninguna manera se corresponden con su envergadura y trascendencia social.


Comentarios

  1. Ni más ni menos, Alberto. Enhorabuena por este artículo, no creo que se pueda describ ir mejor el proyecto de devaluación del profesorado que se inició con la LOGSE y que sigue hoy en día a pleno rendimiento. Luego se escandalizan, sólo aparentemente, cuando en las oposicones a maestro -la primera diplomatura que se cargaron- suspenden la prueba de cultura general con respuestas tales como que el Ebro pasa por Madrid o que "diseccionar" es "agobiar" a alguien. Es lo que pretendían, ni más ni menos. Dentro de unos años, cuando todos los docentes sean los alumnos de hoy -los pocos que querrán ser docentes-, todo arreglado.
    Una vez más, mis más sinceras felicitaciones por el artículo.

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    1. Pues muy agradecido, Xavier. Tenemos un problema tan gordo en esta profesión que a veces es difícil "diseccionarlo". Y, alguna vez ya lo hemos comentado, para mí lo de los méritos es especialmente escandaloso. Y lo de la formación, parecido. Un abrazo.

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  2. El odio hacia los funcionarios está en todos los niveles, y es por la teórica independencia de algunos, los que aún resisten.
    Hace no mucho veía una entrevista a Juan Rosell, empresario y presidente de la CEOE, el buen hombre decía completamente convencido que uno de los problemas de la economía nacional lo generaban “los funcionarios”; aclaraba con total convencimiento que un ministro al que conocía le había confesado desmoralizado que “no podía hacer lo que quería” debido a las trabas que le ponían los técnicos, esos funcionarios que solo ponen barreras a sus intenciones y al progreso
    La anécdota es representativa de nuestra clase empresarial y política, ellos pueden y deben hacer lo que crean conveniente, por supuesto por el bien común, o el privado según las noticias que inundan últimamente lo medios de comunicación. Las leyes que ellos mismos han creado se pueden y deben saltar a la torera y si aparece un funcionario que les recuerda la barbaridad están haciendo, ese es el culpable de todo.
    En Andalucía, y me temo en toda España, para eso crearon un red de Agencias y Empresas públicas, para evitar a los funcionarios y colocar en los cargos a sus amiguetes que tienen que ser más flexibles que algunos funcionarios o ya saben dónde está la puerta.
    Totalmente de acuerdo contigo Alberto en lo de la formación.
    Para el tipo de enseñanza proponen mejor solicitaran en las oposiciones, trabajadores sociales, asistentes sociales, monitores, animadores culturales, coach como dicen ahora, etc. Personas con estudios superiores no tienen sitio en la educación actual.
    En el INTEF antes se hacía algunos cursos más o menos interesantes, desde al curso pasado ya todo es lo que citas, basuras pedagógicas que yo desde luego no puedo digerir. Me apunté al curso ABP (aprendizaje basado en proyectos) y al poco tuve que dimitir pues para empezar tenía un referente, como ahora se dice, un vídeo “los rollets o la transposición didáctica” (http://fernandotrujillo.es/los-rollets-o-la-transposicion-didactica/) con el que se trataban todas las competencias y era una maravilla, pero que daba vergüenza ajena.
    Si alguien con sentido común quiere verlo le recomiendo sea precavido y compre un bote de Primperam, por las náuseas.

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    1. Prefiero no hablar del Sr Rosell, que estoy en caliente (acabo de leer que esta comunidad puntera en la que resido va a crear la asignatura "programación de software" en Primaria y, pronto, en la ESO, y que se ha ampliado el plazo de inscripción en el programa "Educación responsable" de D. Emilio Botín, para fomentar el buen rollito entre los miembros de la "comunidad educativa"). Lo peor de todo esto es el esfuerzo que lleva defender lo que no debería hacer falta. Y que, además, no es más que el derecho a la pataleta. Pero supongo que peor es callarse.

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