jueves, 22 de septiembre de 2016

Deberes. Abolición YA.


Sobre los deberes he hablado aquí, aquí y aquí (a propósito del programa de Cintora al que fui invitado). No hace mucho me hicieron algunas preguntas (entre ellas una sobre esta cuestión) para el programa Cuarto Milenio Zoom, que dedicará uno de sus capítulos a la educación, y que será emitido próximamente. Según me dijo la redactora, pensaban entrevistar también a una chica que se llama Eva Bailén (y que aparecía igualmente en “Cintora en la calle”) y se ha hecho muy popular por una campaña contra los deberes que deslumbró a los medios de comunicación en la que se sugería que las tareas escolares habían robado la infancia a los pobres infantes. Ha escrito un libro recientemente sobre este mismo tema. Supuestos expertos y gurús de la educación, así como charlatanes del más variado pelaje, se posicionan también con frecuencia contra de los deberes como solo lo haría un fanático (que, según Francis Bacon, es aquel que “no quiere pensar”) porque las argumentaciones son realmente pobres. Pero, claro, en la educación todo ha de ser blanco y melifluo, no sea que alguien se traumatice. Y además se puede sostener sin criterio, sin experiencia y sin pruebas. Total, en la enseñanza todo vale. Y a veces hasta cuesta (dinero, digo).


Los penúltimos en aparecer como integrantes de esta cruzada anti-deberes tan trending topic son los de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA), que se han lucido especialmente al solicitar firmas para acabar con la práctica de los deberes como método de educación”. Como lo leen. Si uno lo lee rápido puede confundirse y pensar que se trata de una campaña para prohibir la ablación del clítoris o, qué sé yo, la brujería (¿quizás el reiki?)… pero no, su fin es terminar con esa práctica de tortura llamada “deberes”. Resulta que, para la Asociación de Padres, es “un método de aprendizaje erróneo” (no imagino a los padres y madres de los pacientes de un hospital juzgando como equivocados el diagnóstico, tratamiento u operación de un médico, pero ya saben que sobre este oficio de enseñar, todo el mundo sabe más que nosotros). Pues sí, los deberes “vulneran”, dice la CEAPA, “los derechos del niño” porque “no respetan su tiempo libre” (algo que, parece, sí respetan los padres que apuntan a sus hijos a cuarenta extraescolares semanales -papá y mamá estamos en contra de la competitividad pero nuestro chico tiene que tocar el piano, hablar inglés y ser cinturón negro de kárate-), porque han “convertido” a padres y madres en “profesores a la fuerza” (¿a la  fuerza? ¿obligan los niños a sus padres a hacer con ellos la tarea? ¡Qué juventud!)… En fin, no vale la pena analizar todos los desatinos que la CEAPA ha tenido a bien (o a mal) exponer públicamente. Quedémonos con que quieren, los papás y mamás de esta asociación, “una educación integral” (será con harina rica en salvado, por aquello del tránsito).


Perdonen que me tome todo esto un poco a chiste. En realidad, no tiene ninguna gracia. El asunto de los deberes sería discutible si se planteara con un mínimo de seriedad. Pero no es así como se hace. No se pide racionalizar los deberes. No se advierte sobre su exceso. Se pide su supresión. Y no se aporta ni un solo dato que corrobore las supuestas maldades de los deberes, sus terribles perjuicios para la salud mental, física o emocional de nuestros alumnos e incluso (se lo juro) se nos acusa  a quienes ponemos objeciones de “charlatanes” y “demagogos” (los pájaros tiran a las escopetas, parece todo una broma). Y, por si esto fuera poco, hacen trampa cuando se les pregunta y entonces se refieren a los “deberes abusivos” porque, obviamente, no es lo mismo hablar de “deberes” que de “deberes abusivos”. No pediríamos a los médicos que dejaran de proponer tratamientos o recetar medicamentos porque un tratamiento no resultara adecuado o un medicamento no produjera el efecto esperado. Por supuesto que los deberes abusivos no son buenos. Y por supuesto que unos deberes mal planteados tienen poco sentido. ¿Eso significa que  debemos prohibirlos? ¿Pero es que nos hemos vueltos locos?


Si queremos discutir sobre los deberes, hagámoslo. Pero hagámoslo los profesionales de la enseñanza. Y hagámoslo con seriedad. En primer lugar, tal y como yo lo veo, entiendo que los alumnos con dificultades son los que más necesitan que sus profesores les manden unas tareas bien diseñadas y proporcionadas según su edad y nivel (y adaptadas, si es necesario). En segundo lugar, hacer deberes permite al alumno detectar dudas que el profesor podrá aclararle, y también repasar lo que ha visto en clase y el alumno más capaz ya habrá aprendido. Incluso le servirá para ejercitar hábitos como laconcentración, la disciplina o la constancia, que nunca están de más. En tercer lugar, la falta de tiempo que tiene los críos y que les impide jugar, subirse a los árboles o coger caracoles se debe a que muchos padres los apuntan a piano, judo, inglés y a no sé cuántas extraescolares más. En cuarto lugar, hablemos de evidencias. Las hay que demuestran que los deberes favorecen en general el rendimiento académico. Aquí enlazo un artículo fantástico de Marta Ferrero con abundante bibliografía (más que recomendable visitar su blog). Pero puede que el problema sea que lo que menos importa a los chamanes y entusiastas de la ignorancia sea el rendimiento académico. Lo que les preocupa es solo el "bienestar" del alumno (que sea un zoquete no parece inquetarles, mientras se encuentre a gusto). En este caso, admito que los deberes pueden ser una molestia y sacarlos de su “zona de confort”, que diría aquel… o sea, un fastidio. Y eso me lleva a la pregunta clave: ¿qué pedimos a la escuela? Si aspiramos a que forme, culturice y proporcione conocimiento, si se quiere que los profesores enseñemos para que los alumnos puedan educarse, habrá que aceptar que los deberes (así lo demuestra la evidencia) favorecen este objetivo. Si la única ambición es que sean felices y tengan en orden los chacras, encomendémonos a las constelaciones familiares, a las metodologías alternativas, a las terapias a base de apionabo... o a las clases particulares. Y ante cada nueva ocurrencia disparatada digamos lo que Don Latino a Max en Luces de Bohemia: "¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!"

lunes, 19 de septiembre de 2016

La razón de la sinrazón. Malditos exámenes


Sobre los nueve años comencé a estudiar guitarra. Desde crío me acostumbré a tocar en público, en audiciones que se organizaban desde el propio conservatorio o en cursos de verano. La inconsciencia de cuando eres niño hacía que no  pasara por mi cabeza la posibilidad de tropezarme, dar una nota falsa, romperme una uña u olvidar algún pasaje. Con el tiempo, fui siendo más consciente y la responsabilidad hizo que apareciera cierta preocupación natural (y necesaria para no bajar la guardia), pero el hecho de haberme habituado a interpretar música para los demás me permitió aprender a sobreponerme a la inseguridad, a controlar la situación y disfrutar de algo tan hermoso como tocar música. Incluso he llegado a tocar mejor con público que sin él, pues el reto es mayor que cuando uno practica en casa.

Cuando leo que un señor llamado Sugata Mitra dice en El País que los exámenes "ya no sirven" porque los muchachos los perciben "como una amenaza" recuerdo a algunos de mis compañeros en el conservatorio que también percibían como una amenaza las audiciones de final de curso (no era mi caso, como ya he dicho). No todos los alumnos con los que coincidí han conseguido curtirse lo suficiente como para superar el miedo escénico. Algunos dejaron la música, otros se dedicaron a facetas con menor exposición (o, más bien, diferente exposición). Incluso hay quien lo pasó mal (aunque estoy seguro de que no le han quedado secuelas). Esto es lógico, pues todos tenemos diferentes personalidades y estamos más o menos predispuestos  a según qué actividades. Hasta me atrevería a contravenir a la oficialidad y afirmar que no todos tenemos talento ni lo tenemos para lo mismo. A lo que iba: si se hubieran suprimido esas audiciones, tampoco quienes hemos desarrollado después actividad concertística habríamos podido hacerlo porque se nos habría hurtado el derecho a afrontar la exigencia y superar los obstáculos. Y no creo que haya sido injusto para nadie. Según Sugata Mitra, si los alumnos perciben como una amenaza los exámenes, la solución no pasa por hacerles ver que un examen es un desafío, un acto de superación, que sirve para que uno compruebe si ha aprendido lo que debería haber aprendido, para sentirse satisfecho o redoblar esfuerzos, como los deportistas que compiten en los Juegos Olímpicos aunque no todos se llevan medalla, por el hecho de enfrentarse a uno mismo, de calibrar sus posibilidades. No, para Sugata Mitra la solución es eliminar los exámenes. Si un alumno no se atreve a superar un obstáculo, quitemos el obstáculo. Retiremos las vallas en el salto de vallas, que abandonen los porteros las porterías para no intimidar a los jugadores y que no haya red en el tenis ni público en los conciertos. Eso sí, los profesores tenemos que educar. ¿¿Cómo, si evitamos que los alumnos tropiecen??

Estoy preocupado. Cada vez más, los medios de comunicación se hacen eco de propuestas a cual más insensata (y lo que es peor: las tratan como si fueran serias). Se acumulan de tal manera que no es posible dar la réplica a todas. Los deberes, los exámenes, el esfuerzo, el trabajo individual, la voluntad... todo lo que uno cree imprescindible para aprender es denostado. Estamos ante la razón de la sinrazón. Pero no podemos claudicar. Los cuerdos somos nosotros. Podrán seguir difundiendo disparates, pero nadie aprende si no se equivoca. Y para equivocarse ha de ponerse a prueba a sí mismo, sobre todo si tiene dificultades, sobre todo si tiene inseguridad. Es una cuestión de exigencia (ex -hacia fuera- agere -mover, actuar-) y de responsabilidad: si un alumno no ha alcanzado aún el nivel de madurez que le lleve a este convencimiento, es el adulto (en este caso, el docente) el que debe hacérselo ver. Lo contrario, eludir las dificultades para evitar que el alumno "no se sienta amenazado" no es enseñar. Yo a eso lo llamo estafar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

¿La otra mejilla? Sobre respeto, autoridad y prestigio docentes



Agredida una profesora en Zizur Mayor por el padre de uno de sus alumnos. La agresión se produjo cuando el hombre vio cómo la docente reprendía al niño, después de que este la agrediera.

La profesión docente tiene unas peculiaridades que no tiene ninguna otra. No, no hablo de las vacaciones, que les veo venir. Es, por ejemplo, el único oficio en el que no nos ponemos de acuerdo respecto al objetivo de nuestra actividad. Piensen en la sanidad. ¿Alguien duda de que la obligación del médico (y así se lo exige la sociedad) es curar al paciente? Nadie. Sin fisuras. Con absoluta claridad. Indiscutible. En la enseñanza, se cuestiona que el profesor ha de enseñar al alumno. No hay que enseñar, dicen, hay que "educar". No somos docentes, insisten, sino "educadores". "Los valores son muy importantes", repiten. Vale, pero ¿qué valores? ¿El respeto, importa? ¿Y qué lección estamos dando a nuestros alumnos si se suceden las agresiones a los profesores y se apuesta por los cursos de mediación, las palmaditas en la espalda y el paternalismo más ñoño? ¿Qué les estamos diciendo a nuestros jóvenes si sus actos no tienen consecuencias? ¿Cómo podremos reconocer a quien actúa bien si no censuramos a quien actúa mal?

La enseñanza es también la única profesión en la que el trabajador ha de "ganarse el respeto" y reclamar autoridad genera de inmediato suspicacias. A nadie se le ocurriría decir que un médico, un bombero, un abogado, (¡un policía) tienen que ganarse el respeto. A nadie. Pero cuidado, nosotros sí tenemos que ganárnoslo, no sé si porque tenemos muchas vacaciones o porque, como este oficio tiene que ser "vocacional" por narices, un bofetón entra en el sueldo (¡bastante suerte tenemos con poder trabajar en "lo que nos gusta"!). Es, vuelvo a decir, una profesión peculiar. Lo es, en tercer lugar, porque ser profesor te convierte en sospechoso. No solo tenemos que acreditar que no somos delincuentes sexuales. También tenemos que aclarar que cuando pedimos autoridad es para actuar de forma justa y proporcionada y no para ejercer la tiranía. Tenemos que aclarar que cuando defendemos el conocimiento y los contenidos ante tantas promesas bondadosas y new-age es porque estamos convencidos de que es valioso, pues contribuye al desarrollo del espíritu crítico y a que nuestros alumnos se conviertan en ciudadanos independientes y con menos posibilidades de ser manipulados, no porque no deseemos su felicidad o no nos preocupen (justo al contrario: porque nos preocupan, queremos que sean personas cultas y formadas); que cuando decimos que los alumnos que "no quieren estudiar" deben permitir hacerlo a los que sí, no queremos excluir a los que tienen más dificultades (al contrario, estos, siempre que quieran y muestren interés, son los que mayor apoyo deben recibir -esto es la escuela pública-); que cuando criticamos el espíritu lúdico de la enseñanza es porque nos la tomamos muy en serio y porque no siempre uno puede aprender divirtiéndose, no porque queramos hacer sufrir a nuestros alumnos; que cuando cuestionamos la motivación no es porque neguemos su importancia sino porque pensamos que es el conocimiento el motor de la misma... Pues no se entiende. Y, aunque no debería ser necesario, tenemos la obligación moral de reiterar estas ideas tantas veces como sea necesario: toda persona merece respeto (no así toda opinión). Además del respeto a la persona, existe (o debería) el respeto profesional hacia quien en el aula es la autoridad intelectual, académica, docente o como quieran llamarla. Lo que un profesor ha de ganarse con su labor diaria de ninguna manera es el respeto (este le corresponde, como a cualquiera). Lo que un profesor ha de ganarse con su desempeño y su actitud es el prestigio. Y son dos cosas diferentes. No las confundamos. Y no pretendamos solucionar estas situaciones solo con cursillos e informes. Los puñetazos, a los profesores, nos duelen igual que a los demás.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Educar en la era digital. Debate en TVE


Pasado mañana estaré en Madrid, en los estudios de Televisión Española, para participar en un debate titulado "¿Educar en la era digital?". Intervendrán también:


Pedagoga, Presidenta de la Fundación TRILEMA (dedicada al acompañamiento pedagógico y a la evaluación educativa). Ha participado en la elaboración de los “papeles para un pacto educativo” junto a José Antonio Marina, con quién escribió, también, “La inteligencia se aprende” (Ed. Santillana).


Especialista en Liderazgo, Innovación educativa en TIC, desarrollo de proyectos y Formación profesional. Miembro del equipo impulsor del proyecto Horitzó 2020 de transformación educativa en los colegios Jesuitas de Cataluña.


Profesor de la ESO y Bachillerato. Actualmente,  de 2º y 4º de la ESO en un centro privado/concertado. Especialista en Neuropsicología y educación. Profesor de magisterio en la Universidad de Córdoba. Autor del libro “Todos los niños pueden ser Einstein” (Ed. Toromítico).

Será en el programa Millennium, que presentan Ramón Colom y Carmen González-Llanos y se emite los lunes a la una de la madrugada, cuya nueva temporada comienza el próximo 26 de septiembre.

Veremos cómo se da...

martes, 6 de septiembre de 2016

"Dos libros recientes sobre educación". En Central de Opinión

Carátula de "La Conjura de los Ignorantes"Portada de "Contra la Nueva Educación"


Dice Paco Cid:

Recuerdo todavía la primera vez que me llamaron fascista. Desde entonces me lo han llamado muchas veces, lo hizo la que fue mi profesora de la asignatura de dibujo técnico de C.O.U., en el único instituto, público, de la ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa donde me crié. Hace de esto unos 30 años y yo debía tener 17 o 18. El C.O.U. era el último curso antes de acceder a la universidad, en el que ya se escogían asignaturas orientadas a los futuros estudios superiores, y se recapitulaba el bachillerato anterior de cara a superar la prueba de selectividad lo mejor posible.

La cosa fue más o menos así; éramos en total nueve alumnos, de los que 8 de nosotros pretendíamos estudiar ingenierías o arquitectura en la Politécnica y “Joaquín”, al que, simplemente, no le gustaba la química. El año anterior se había trasladado a Valencia el que había sido nuestro profesor los cursos anteriores, del que jamás conocimos sus opiniones políticas. Su sustituta, mucho antes de pretender enseñarnos el sistema diédrico de representación, ya nos había recalcado reiteradamente que era de izquierdas. Pasado el ecuador del segundo trimestre, todos menos “Joaquín” estábamos seriamente preocupados al comprobar que no habíamos llegado ni a la mitad del temario del primer trimestre. Más allá de la selectividad nos esperaban dos duros cursos de geometría descriptiva, como mínimo. La causa de ello era el acomodar el ritmo de aprendizaje al, no sé si menos dotado, pero sí el menos interesado en ello, pues debíamos ser solidarios y desterrar actitudes “competitivas”. Como fuera que no nos interesaba competición alguna, pero sí que necesitábamos adquirir determinadas competencias para el futuro, después de echarlo a suertes, me tocó ir a quejarme a jefatura de estudios. Ante la observación de que si Joaquín no podía, no le interesaba o no se esforzaba lo suficiente por la asignatura no debíamos pagar las consecuencias nosotros, sino él, la respuesta fue: “No sabía que fuerais tan fachas”.

Que la educación es hoy día en España un tema candente salta a la vista.El fracaso de las políticas educativas desde la LOGSE hasta hoy, demostrado en las persistentes bajas cualificaciones de los educandos españoles en las pruebas de PISA, así como en haberse tenido que implantar un curso “0”, previo a muchas carreras técnicas, por carecer los estudiantes de los mínimos conocimientos necesarios, así lo confirman. Los problemas de indisciplina, baja tolerancia a la frustración y violencia en las aulas, han aparecido reiteradamente en la prensa durante estos años.

Ante un panorama así, cabría inferir, que la LOGSE y leyes posteriores, en la teoría y en la práctica, ha fracasado. Sin embargo, desde diversas instancias, no solo se afirma lo contrario, sino que se defiende una intensificación de sus planteamientos, pues sus ideas fueron, o son, mal aplicadas. Quienes esto afirman, en extraña colusión, suelen ser sectores ideológicos de cierta “izquierda”, pedagogos, burócratas y “expertos en educación” que no trabajan día a día en las aulas o no han dado clase jamás, o “innovadores” de métodos de gestión empresarial y recursos humanos presuntamente “liberales”.

Desde el comienzo hubo voces que señalaron el dislate y los absurdos de los planteamientos que inspiraron la reforma educativa, curiosamente profesores y pensadores preocupados por la eliminación de la educación como motor de la promoción social por méritos, lo único que los más humildes tenían para progresar socialmente sin servidumbres. Especialmente reseñable, por los acerbos ataques de que fue objeto cabe señalar a Javier Orrico, y su libro “La enseñanza destruida”. Poco más tarde aparecieron el “Panfleto antipedagógico” y “De la mala y la buena educación” de Ricardo Moreno Castillo.

Empero, el emperador sigue desnudo y Ricardo Moreno Castillo lo dice una vez más, pero ahora con humor. Le acompaña Alberto Royo. Les une la valoración del conocimiento y el saber como un valor en sí mismo, la idea de que la igualdad de las oportunidades no significa la igualdad de los resultados, la pretensión de formar individuos adultos y autónomos y, por encima de todo, la concepción del conocimiento como algo abordable, comprobable y transmitible, como un bien social.

El planteamiento de ambos libros, espantosamente divertidos, es muy similar, siendo la burocracia, los pedagogos, la pedagogía y toda suerte de charlatanería, teorías pomposas y, lo más importante, no realistas sino ideáticas –que más quisieran que ser ideológicas- de moda, que los diversos “expertos” promocionan en los más variados foros, el objeto de su atención. Para ello, simplemente, dejan hablar a tales pozos de sabiduría ática, comentando después las diversas majaderías con persistente diversión y ánimo jocoso, dejando en evidencia su estulticia, y su peligro…

Enlace al artículo, aquí.

viernes, 26 de agosto de 2016

Cosas que no habría que tener que aclarar...



A quienes confunden las cosas y a quienes no lo tienen claro quiero decirles lo siguiente:

Me preocupan mis alumnos. Por eso defiendo el conocimiento.

Igualmente defiendo la cultura porque creo que mis alumnos merecen algo más que “felicidad”.

Reivindico su derecho a encontrar en la escuela lo que no todos podrán encontrar fuera.

Estoy convencido de que tenemos una responsabilidad como docentes.

Idiotas, charlatanes y sinvergüenzas están al acecho.

Aprovecharse de un sistema educativo fraudulento es una tentación para muchos.

Y es un hecho que van ganando. Porque se les da aliento. Y porque lo permitimos.

Me siento en la obligación moral de desenmascarar a los estafadores.

Es el futuro de nuestra sociedad lo que está en juego.

Les dejo con Weiss y con su música refinada, elegante, clásica y “trasnochada”.


martes, 23 de agosto de 2016

Gregorio Luri en La Vanguardia. Todos estamos a favor de lo bueno


Todos estamos a favor de lo bueno.

Gregorio Luri recoge en su blog, El Café de Ocata, el artículo que publicó el pasado 27 de agosto en el Suplemento "Culturas" de La Vanguardia, en el  menciona (y yo se lo agradezco) Contra la nueva educación, junto con algunos otros textos sobre cuestiones educativas. Lo dejo aquí, en imágenes y en texto.

En educación todos estamos a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Y eso es lo que nos separa radicalmente, porque cada posición pedagógica se ve a sí misma de manera inevitable, como una posición moral. Por eso tendemos a priorizar las metodologías que nos hacen sentir mejores a los profesores. Cuando César Bona les dice a los docentes que tienen que imitar al maestro que les gustaría tener para sus hijos, no estoy seguro de que entienda lo que está diciendo.

Lo bueno, además, ya no es lo que era. La escuela se está transformando en un fenomenal mercado de nuevas tecnologías (no hay empresa tecnológica o institución  financiera solvente que no tenga su propia estrategia educativa destinada a satisfacer –y a incentivar- nuevas necesidades) al mismo tiempo que va reduciendo su protagonismo en la formación de las personas. Por eso las familias completan la formación escolar de sus hijos con actividades extraescolares diversas, como idiomas, música, deportes… y, cada vez más, matemáticas, porque sospechan, con razón, que el futuro es STEM (acrónimo de science, technology, engineering y mathematics). 

No puede sorprender, pues, que se publiquen tantos libros sobre cuestiones educativas. Nos centraremos en cuatro que considero representativos del conjunto. El primero es un libro descriptivo, Cuestión de educación. Un viaje por la enseñanza española, de la periodista Inés García-Albi; el segundo, es propositivo, Aprender en tiempos revueltos. La nueva ciencia del aprendizaje, del catedrático de psicología básica de la UAM, Juan Ignacio Pozo; al tercero y al cuarto algunos los califican de pataletas, pero me parece más adecuado verlos como ejercicios terapéuticos. Son Contra la nueva educación. Por una enseñanza basada en el conocimiento, del profesor de música Alberto Royo (con prólogo de Muñoz Molina) y La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza, del catedrático de matemáticas Ricardo Moreno Castillo (prologado por Arcadi Espada).

“El tema educativo en España da para mucho”, reconoce García-Albi. Tanto es así que ni siquiera está claro de qué hablamos cuando hablamos del sistema educativo español. Esta periodista es consciente de que los resultados de matemáticas de Navarra son similares a los de Finlandia y de que en el País Vasco apenas existe el abandono escolar prematuro, mientras que algunas comunidades vegetan en el furgón de cola de Europa. Sin embargo, todas han conocido el mismo baile legislativo. Dada esta situación, ¿no convendría desconfiar de las recetas homogéneas? ¿No hemos de ser precavidos, por ejemplo, a la hora de promover nuevas leyes o la sustitución generalizada de la “vieja educación” por una supuesta “nueva educación”, como nos propone Juan Ignacio Pozo, en línea con la ortodoxia pedagógica? 

Según Pozo, hoy disponemos de las “nuevas ciencias del aprendizaje” que permiten suplir “lo que la naturaleza no da.” Para este psicólogo no parece existir ni lo dado por naturaleza, ni la objetividad del conocimiento, ni el cociente intelectual. “Los tests de inteligencia”, nos asegura con una seriedad asombrosa, “no miden si usted es o no inteligente (…) sino si es más o menos inteligente que otros”. “Hoy”, añade, “es necesario hablar de inteligencias múltiples”, excepto que uno crea “en el misterio de la Santísima Trinidad”. La verdad es que no hay ningún neurólogo competente en el mundo que crea en las llamadas “inteligencias múltiples”. No creen en ellas ni en el departamento de psicología diferencial de la UAM, donde trabaja Pozo. 

Hace ya diez años, Jaap Dronkers, criticaba “los métodos suaves” postulados por los socialdemócratas por considerar que no reducían las desigualdades sociales y alejaban a los docentes de las filas de la socialdemocracia. Royo y Moreno son dos ejemplos de este alejamiento. Podemos criticarlos, pero sería poco sensato ignorarlos o despreciarlos, porque estaríamos ignorando o despreciando a una buena parte de nuestro profesorado. ¿Es verdad o no que, como asegura Royo, “si hay una palabra que suscita polémica entre el profesorado, esa es pedagogía?” 

Royo y Moreno repasan el vocabulario pedagógico actual con una mirada que quiere ser tan afilada como la navaja de Ockham. Por eso podemos considerar que sus libros son terapéuticos, en el sentido en que la filosofía analítica se consideraba terapéutica frente a la metafísica. Y reconozcamos que la asombrosa ambigüedad del lenguaje pedagógico y las reticencias de muchos innovadores a comprometerse con evidencias que puedan evaluar sus buenas intenciones, les ofrece a ambos abundante munición dialéctica. La confusión es tanta, que el psicólogo Alfredo Hernando en su Viaje a la escuela del siglo XXI, editado por Telefónica, tanto considera innovadoras las escuelas que creen en las inteligencias múltiples, como las escuelas KIPP de los Estados Unidos. Hay quien se considera innovador por querer devolvernos a mayo del 68 y quien para innovar no tiene reparos conceptuales en mezclar a Piaget con Vigotsky y Skinner. En la ideología pedagógica hay pseudociencias que parecen tener más poder de convicción que la psicología cognitiva. 

La escuela vive en una anarquía metodológica porque la administración ya no puede imponer lo bueno. Pero entonces, ¿la progresiva heterogeneidad de los centros no debería corresponderse con una efectiva libertad de elección por parte de las familias?

No es la enseñanza lo más sagrado de la escuela, sino el aprendizaje, pero no todo lo aprendido tiene el mismo valor. Para justipreciar lo aprendido, un buen maestro es imprescindible. Especialmente en estos tiempos en que la pedagogía parece haber olvidado su tradicional dimensión política (que es siempre pedagogía de una cultura) para atender a las diferencias individuales (es decir, al liberalismo pedagógico) y a la futurología (porque, por lo visto, sólo los pedagogos saben exactamente cómo será y no será el futuro).