lunes, 18 de septiembre de 2017

Conversación con Perú



El pasado viernes, a eso de las diez de la noche, tuve el gusto de charlar sobre mi primer libro ("Contra la nueva educación") con Giuliana Caccia, que se encontraba en Lima. Conectamos por medio de Skype para Perú, Méjico y Chile. Fue una conversación muy agradable que, al emitirse vía Facebook Live, pude debatir más tarde con quienes la escucharon. Las tecnología, qué duda cabe, son una gran herramienta para facilitar el contacto, que no la comunicación, pues esta ya queda a expensas de lo que las personas sean capaces de hacer.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Poseducación. La sociedad gaseosa, en el Diario Ara Balears.


Antonio Janer publica un artículo en Ara Balears (puede leerse aquí) sobre La sociedad gaseosa. Lo transcribo a continuación, traducido al castellano.

El prefijo post- ya se ha convertido en una auténtica plaga. Vivimos en la era de la postmodernidad, la postverdad, la postcensura, pero también de la "posteducación", en la que la educación es entendida como un espectáculo. Lo podemos leer en el ensayo 'La sociedad gaseosa' (Plataforma Editorial, 2017), de Alberto Royo, profesor de música en un instituto de Navarra. El título está en sintonía con la famosa "sociedad líquida" con la que Zygmunt Bauman aludió a la disolución de los principios tradicionales considerados hasta ahora estables.

Royo aplica las tesis del pensador polaco en el mundo educativo: "La misma cultura ha dejado de ser un conjunto consolidado de saberes para pasar a rendirse a la fugacidad y, finalmente, a la vaporosidad. La inmediatez, la búsqueda de la rentabilidad, la falta de exigencia y autoexigencia, el desprecio por la tradición, la obsesión innovadora, el consumismo, la educación placebo, el arrinconamiento de las humanidades y de la filosofía, la autoayuda , la mediocridad asumida y la ignorancia satisfecha hacen tambalear lo que pensábamos que era más consistente ".

El autor de 'La sociedad gaseosa' reivindica la formación intelectual de los profesores a partir de la cita clásica 'Primum discere, deinde docere' ( 'Primero aprende, después enseña'). Además, insiste en que sólo aquella persona que se apasiona con lo que ha estudiado es capaz de transmitirlo con entusiasmo. Los alumnos, sin embargo, no deben olvidar que aprender implica esfuerzo y que no siempre es divertido.
Sin duda, el camino hacia la belleza del conocimiento se puede allanar. Con todo, Royo, sin ser tecnófobo, lamenta la "homeopatía pedagógica" de las nuevas corrientes educativas que se preocupan más por entretener que por enseñar. En Infantil y Primaria, tiene todo el sentido del mundo el aprendizaje lúdico. En Secundaria, en cambio, hay más disciplina académica. No en vano, es la etapa en la que se ha de profundizar en los contenidos y se debe velar más por la maduración intelectual del alumno.
La radiografía de Secundaria que hace este profesor de música es bastante alarmante: con la rebaja del nivel de exigencia se incrementa el porcentaje de alumnos mediocres. Mientras tanto, los más brillantes son los grandes damnificados de una "posteducación" que ha convertido los institutos en centros terapéuticos de la felicidad y no del conocimiento. Royo mantiene que todas las personas deben tener la misma oportunidad para acceder a la educación. Recuerda, sin embargo, que no todas llegarán al mismo punto.

Las reflexiones del autor de "La sociedad gaseosa" me provocan sentimientos contrapuestos. En Secundaria he podido observar en persona los frutos del trabajo cooperativo, del trabajo por proyectos. El grado de implicación de sus profesores responsables es de admirar. Celebro mucho que ahora, en las aulas, se hable de inteligencia emocional y que las materias se enfoquen más desde la transversalidad para favorecer la promiscuidad intelectual. Mi educación, en cambio, estuvo presidida por el individualismo, la rigidez mental y el pensamiento acrítico.

Pero yo también, como Royo, desconfío de los cantos de sirena de la neoopedagogía, presidida por unos gurús abonados a un relativismo del todo estéril. Constato que se han perdido los hábitos de estudio, de concentración y de estar en silencio. También encuentro a faltar la cultura del esfuerzo y de la paciencia, tan necesarios para saborear los grandes placeres del conocimiento. El drama es cuando los profesores debemos desertar de nuestro papel de transmisores de cultura ante unos alumnos demasiado sobreprotegidos, no sólo por la familia, sino también por los mismos educadores.

Hay sesiones de evaluación que avergüenzan. "La vida te suspende o te aprueba una sesión de evaluación", leí hace poco en Can Twitter mientras discutíamos si aprobar un alumno de segundo de Bachillerato. La culpa, sin embargo, no es nuestra, sino de un sistema educativo que va a la deriva con constantes reformas que sólo responden a intereses partidistas y no pedagógicos. No se vislumbra ningún debate político serio sobre la preparación y la aptitud tanto de docentes como de alumnos. Las oposiciones, así como están planteadas, dejan mucho que desear.

En medio de este desbarajuste nos encontramos con una sociedad que desconfía de los profesores, pero a la vez delega en ellos toda la educación de sus hijos. Ahora las escuelas no sólo deben enseñar, sino también educar. En tiempos de la "posteducación" hay, pues, más cordura e implicación por parte de todos. Ya nos lo recuerda Royo en 'La sociedad gaseosa': "Si entendemos que a través de la educación, del buen periodismo, de los buenos libros podemos mejorar la sociedad, haríamos bien de protegerla de esta postmodernidad decadente".

domingo, 27 de agosto de 2017

Algunas reflexiones estivales


Defender el conocimiento y pretender enseñar tu asignatura es "de soberbios". Ser emprendedor social y transformar el mundo, sin embargo, es de una humildad aplastante.
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Hablaba Peter Watson, autor de Historia intelectual del siglo, de la "emoción instantánea que no exige ningún esfuerzo intelectual". Y es que en toda esta batalla que algunos estamos librando, esta es una idea crucial. Nadie niega la emoción (intrínseca) del conocimiento. Lo que se discute es la concepción cursi y superficial de la emoción. 
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¿Enseñar no es chic? La obsesión de algunos con la vocación, creo que tiene mucho que ver con la necesidad de vender una imagen glamurosa de nosotros mismos, aunque eso suponga, en el caso de la enseñanza, renunciar a la principal misión del profesor, que es enseñar. Lo preocupante no es que haya quien nos exija funciones que no nos corresponden. Lo grave es que muchos docentes acomplejados se avergüenzan de decir que enseñan y se ven obligados a mostrarse como educadores y casi a pedir perdón por haber osado enseñar su materia, en lugar de haber dedicado el tiempo de clase a "transformar el mundo". Yo ya me entiendo.
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Ante la publicación reciente de varios artículos que han sugerido la vinculación entre el terrorismo y la labor del profesor, quiero manifestar que mi responsabilidad como profesor de música en la enseñanza secundaria es transmitir con rigor los contenidos de mi materia, una disciplina, la música, que no solo contribuye a desarrollar hábitos esenciales, sino que también favorece la sensibilidad artística y el gusto estético, así como las habilidades sociales. Esta responsabilidad no es poca cosa, ni conseguir éxitos en tal cometido es sencillo. Se requiere dominar aquello que uno tiene que impartir y saber transmitirlo de forma seria pero entusiasta, adaptándose siempre a las situaciones que se encuentra, que son muchas y complicadas. Estoy convencido de que una buena enseñanza pública mejoría nuestra sociedad y de que una buena formación ayudaría a combatir el fanatismo. Pero no estoy dispuesto a que se me exija (¡incluso por parte de compañeros de profesión!) aquello que no me corresponde como profesional de la enseñanza.
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¿Es sospechoso defender el conocimiento? No sé qué sentido tiene acusar a quien defiende el conocimiento de "minusvalorar aquello que critica" o de mostrar poco "respeto, tolerancia o cercanía", algo que me ha ocurrido no hace mucho. Es lógico que defender el conocimiento implique la minusvaloración de la ignorancia. Pero no hay aquí soberbia sino todo lo contrario: los que defendemos el saber y la cultura somos perfectamente conscientes ...de nuestras limitaciones, que tratamos de paliar con esfuerzo y disposición. Y valoramos el privilegio de poder aprender de lo que gente más preparada que nosotros ha puesto a nuestro alcance. Nada hay de arrogancia, pues, en este posicionamiento, sino afán de lucha contra el anti-intelectualismo imperante, que no hay por qué tolerar (de hecho, no hay por qué ser tolerante con según qué o según quién), como no tenemos obligación moral de respetar las opiniones despreciables. Por fin, se puede ser cercano y exigente. Precisamente, la actitud cercana del profesor (cercanía controlada, no horizontal ni "asamblearia") resulta lo más eficaz si lo que queremos es inocular en nuestros alumnos el gusto por aprender.
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¡Qué obcecación con subestimar el conocimiento, confrontando los contenidos con los procedimientos o los valores!" La enseñanza no puede consistir solo en dar contenidos", dicen. Transmitir conocimientos supone educar en valores (el propio conocimiento es un valor en sí mismo), instruir en lo procedimental y ejercitar hábitos. Es algo complejo y profundo que solo el mediocre o el aprovechado puede atreverse a despreciar o minusvalorar.
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Responsabilidad. La responsabilidad individual es la gran olvidada en esta sociedad gaseosa. Y una de las claves del posicionamiento que algunos tenemos ante la deriva de nuestra enseñanza. Solo inculcando en casa (y reforzando en la escuela) el sentido de la responsabilidad, podremos lograr que los alumnos comprendan que han de encontrar la motivación en el mismo hecho de aprender y que el factor determinante del éxito de un alumno no es otro que su voluntad por adquirir conocimientos.
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Espontaneidad y tontuna irresponsable. Cuando se convierte al niño en un dios cuya espontaneidad ha de salvaguardarse a toda costa, cuando se pierde el norte considerando que exigir a tus hijos (o a tus alumnos) es signo de opresión y de falta de amor y que todo esfuerzo es traumático, cuando se entra en debates ridículos sobre si la exigencia se puede o se debe imponer, cuando se junta el postureo con el fanatismo histérico y la más profunda ignorancia, ocurren cosas que solo pueden ocurrir en una sociedad gaseosa. ¡Claro que la exigencia se impone! Si no, no sería exigencia. Cuando se exige, se impone, pues no se da opción. Hay que estudiar. Hay que poner la mesa. Hay que cruzar con el semáforo en verde y no cruzar en rojo. Hay que hacer la cama. No se mea uno en la alfombra. Esto no se enseña en la escuela; se inculca desde casa. Y no se aprende por descubrimiento. Se impone y se acepta. Lo que con el tiempo se aprende es que lo que nos han exigido ha sido provechoso para nosotros. En cualquier caso, lo sucedido no es ni mucho menos tan grave como lo que puede suceder a unos niños cuyos padres afirman que tratarían un cáncer con zumo de limón. Así estamos." Gilles Lipovetsky (capítulo séptimo de La sociedad gaseosa) observaba que 'la sociedad contemporánea pone en valor al individuo, cierto, y le da más poder sobre sí mismo para decidir sobre su vida, pero al mismo tiempo aumenta su fragilidad»'. Educamos a los niños, decía, «dulcemente», queremos «que sean felices y no los preparamos para lo difícil, para lo que Freud llamaba el principio de realidad». Lipovetsky lo llamaba 'el precio de la libertad'". 
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Compromiso docente. Cuando un profesor imparte clase sobre unos contenidos que a la mayoría de sus alumnos nunca les habrían interesado, no les está diciendo "aquí se hace lo que yo digo y punto", sino "confiad en mí". Cuando suspende a un alumno, no le está diciendo "no me importas", sino "me preocupo por ti. Te voy a ayudar en todo lo que pueda, pero no pienso estafarte".
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Bienestar y enseñanza. La idea de "bienestar" asociada a la enseñanza es, en mi opinión, una de las más nocivas ("tóxicas", diría un posmoderno). Hablando con un buen amigo sobre cómo el aprendizaje y el bienestar no deben ir vinculados, pensaba que es la insatisfacción la que te mueve a aprender aquello que no sabes, lo que no implica otra cosa que la inconveniencia de estar excesivamente cómodo a la hora de afrontar un nuevo aprendizaje.
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Paradoja educativa:  ¿No es paradójico que un sistema que pretende ser inclusivo termine siendo excluyente, pues solo los alumnos que procedan de situaciones social, cultural y/o económicamente favorables podrán acceder a los conocimientos que se les están negando en la escuela? ¿Quiénes se benefician de un sistema que no busca formar sino entretener, no enseñar sino proporcionar bienestar, que no aspira a la excelencia sino a la extensión de la mediocridad, que habla de espíritu crítico pero lo confunde con la cesión al capricho y la dejación de responsabilidad, que dice querer ciudadanos independientes y no manipulables mientras desdeña todo lo que es imprescindible para convertirse en un ciudadano libre?
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Hay que fastidiarse. Sin "vocación", y con ganas de empezar el curso.

Sorpresas te da la vida. La sociedad gaseosa, en el discurso del rector de la UMA de Caracas


"Sorpresas te da la vida", cataba Rubén Blades. Una de ellas es la referencia a La Sociedad Gaseosa en el discurso del rector de la UMA (Universidad Monteávila de Caracas) Francisco Febres-Cordero Carrillo.

"(...) Es bien conocida la categoría teórica de definir nuestra sociedad a través de lo que Zygmunt Bauman llamó Modernidad Líquida, es decir, una categoría sociológica que define a la sociedad “como una figura de cambio constante y transitoriedad, atada a factores educativos, culturales y económicos. La metáfora de la liquidez (que) intenta demostrar la inconsistencia de las relaciones humanas en diferentes ámbitos, como en lo afectivo y en lo laboral. (…) La sociedad líquida está en (un) cambio constante, lo que genera una angustia existencial, donde parece no haber sentido cuando se trata de construir nuevas cosas, ya que el tiempo y la propia modernidad impulsarán su desintegración. Así (según Bauman) nos encontramos como raza humana navegando los mares de la incertidumbre”.

Por su parte, Alberto Royo se atreve a ir más allá de la metáfora de Bauman y llega a categorizar a la cultura ya no como líquida sino con gaseosa, en el sentido de que:

'La misma cultura ha dejado de ser un conjunto consolidado de saberes para pasar a rendirse a la fugacidad y, finalmente, a la vaporosidad (caracterizada por) la inmediatez, la búsqueda de la rentabilidad, la falta de exigencia y autoexigencia, el desprecio de la tradición, la obsesión innovadora, el consumismo, la educación placebo, el arrinconamiento de las humanidades y de la filosofía, la autoayuda, la mediocridad asumida y la ignorancia satisfecha (que) hacen tambalearse aquello que pensábamos que era más consistente.'

La noticia, aquí.

La "sociedad gaseosa", mencionada en un artículo sobre la "nueva educación".

La filóloga y profesora de lengua y literatura Rosalía Aller hace referencia a La sociedad gaseosa en un artículo titulado “La ¿nueva? educación”.

Dice Rosalía Aller: "Compartimos las palabras de Alberto Royo, profesor de Música y escritor, en una entrevista reciente, realizada con motivo de la publicación de su libro La sociedad gaseosa, donde insta a los partidos políticos a combatir “la ola de pseudociencia que amenaza la educación”, en alusión al aprendizaje por proyectos o las inteligencias múltiples."

El artículo completo, aquí.

domingo, 30 de julio de 2017

La sociedad gaseosa, mencionada en la revista "Arquitectura viva"


Luis Fernández-Galiano, arquitecto, Catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM) y Director de la Revista AV/Arquitectura Viva, así como de la sección de arquitectura en el diario El País, ha tenido la gentileza de citar La sociedad gaseosa en la mencionada revista. Dejo aquí un extracto del artículo titulado Frente al agua.

"El agua disuelve las certidumbres de la arquitectura. Su condición líquida erosiona los cimientos físicos y disgrega la base conceptual de la disciplina. Marx advirtió que bajo el capitalismo ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’, y Marshall Berman recogió el testigo más de un siglo después para exponer las paradojas de la modernidad, que según su contemporáneo Zygmunt Bauman no podía ser sino líquida. Entre nosotros, Antonio Muñoz Molina con Todo lo que era sólido en 2013 y Alberto Royo con La sociedad gaseosa en 2017 han usado metafóricamente los estados de la materia para expresar su malestar con una modernidad que, despojada de anclaje seguros, nos arroja a la corriente turbulenta de los acontecimientos. En contraste con estas nostalgias de la solidez, un anuncio de automóviles popularizó en 2007 una frase de Bruce Lee que reúne la exaltación del movimiento con la sabiduría oriental de la adaptación líquida: ‘Be water, my friend’. La arquitectura canónica se resiste a lo líquido, y aún más a lo gaseoso. 

Frente al agua es consciente de su importancia en el emplazamiento urbano como soporte de las rutas mercantiles, y de su relevancia estética en las obras a las que sirve como extenso podio líquido; pero también ha aprendido a temer su proximidad como vehículo de incursiones hostiles o escenario de las fuerzas incontrolables de la naturaleza. 

De un tiempo a esta parte hemos recuperado los muelles portuarios o industriales para la cultura y el ocio: las ciudades que, en ausencia de una vocación balnearia, daban la espalda al mar se vuelven hacia él; sin embargo, las catástrofes que han asolado litorales 
han recordado una vez y otra el permanente peligro de lo líquido. Y si bien todos los edificios aspiran a la permanencia, sus estrategias formales para dar cuenta del tiempo que vivimos pueden ser sólidas, líquidas o gaseosas, como quizá expresan bien los tres que aquí se reúnen (...)"

domingo, 23 de julio de 2017

Aliento para las aulas. Reseña en el suplemento cultural de La Vanguardia


El sábado 15 de julio Miquel Escudero escribía una hermosa reseña de La sociedad gaseosa en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Lo tituló "Aliento para las aulas". Comenzaba así:

Músico y profesor de instituto, Alberto Royo (Zaragoza, 1973) sostiene que se aprende a enseñar enseñando, poniendo las manos en lo que tiene de más vital un ser humano, en el decir de George Steiner. Y que para aprender es preciso vencer la pereza y confiar en el provecho de lo que se estudia, mantener la atención, disponer del aliciente de saber y tener capacidad de asombro. Sucede que hay una crisis de confianza generalizada, entre adultos, profesores y niños.

martes, 20 de junio de 2017

«Muchas de las nuevas teorías pedagógicas tienen efecto placebo; son pura homeopatía pedagógica». En ABC


Uno de los mejores ratos del día de la presentación en Madrid de La sociedad gaseosa fue el que pasé charlando con Carlota Fominaya, periodista de ABC. Aquella conversación ha dado lugar al reportaje que hoy se publica en la versión digital del periódico y que saldrá más adelante en papel. Nos dio tiempo para hablar de casi todo: de homeopatía pedagógica, del desprecio al conocimiento, de la poseducación, de las cualidades del buen profesor, del estado actual de la enseñanza... Dejo a continuación un extracto de la entrevista:

"El papel del profesor es crucial, un profesor que sepa cuanto más mejor (recordemos la máxima de la escolástica medieval: «Primum discere, deinde docere») y que quiera enseñar lo que sabe y transmitirlo con el entusiasmo que desea despertar en sus alumnos, para intentar estimular en ellos el afán por saber cada vez más. Lo que sucede es que aquí hay muchos intereses (también económicos) a la hora de comerciar con productos «milagrosos» que casi siempre recurren a la estrategia de lo fácil y lo cómodo y la técnica de marketing idónea es despreciar lo tradicional sin ningún criterio, envolviéndolo en un halo fantasmagórico para crear la necesidad de adoptar aquello que interesa vender y que, en el fondo, muestra muy poco respeto intelectual por los alumnos.Estamos en la era de la posverdad, pero también de la poseducación, de la educación entendida como espectáculo. Hay que decir alto y claro que no es posible aprender sin pagar un precio, pero este precio es mucho menor que el de quienes comercian con la educación: me refiero al interés, a la disposición y a la voluntad. Nada de esto es incompatible con poder disfrutar del aprendizaje. Ni excluye, todo lo contrario, que el profesor dispense a sus alumnos un trato cercano y afectuoso, precisamente porque el profesor que considera que sus alumnos merecen ser personas cultas y formadas es el que más aprecio demuestra hacia ellos."

La entrevista completa puede leerse aquí

viernes, 16 de junio de 2017

De lo sólido a lo gaseoso. Reseña de La sociedad gaseosa en el blog "Materiales para pensar"


Luis Roca Jusmet, escritor y profesor de Filosofía, colaborador en las revistas El viejo topo y Rebelión, publica en su blog una reseña de La sociedad gaseosa.

De lo sólido a lo gaseoso

Lo contrario de lo sólido tanto puede ser lo líquido como lo gaseoso. Marx ya avisó de que el capitalismo disolvería todo lo sólido y el sociólogo Zygmung Baumann acuñó, a finales del siglo XX, el término "modernidad líquida", que no es otra cosa que lo que algunos han llamado postmodernidad o hipermodernidad. Alberto Royo (Zaragoza, 1973), músico y profesor de secundaria, retoma la cuestión con un término, que, bien pensado, puede ser todavía más gráfico que el de sociedad líquida: la sociedad gaseosa. Porque lo gaseoso puede indicar todavía mejor la inconsistencia de lo volátil.

Vamos a ser claros. Aparte del término, Alberto Royo no plantea ninguna teoría nueva. Pero lo que sí hace, con un estilo claro y personal, es recoger de manera original el testigo. Lo pone de manifiesto desde una lúcida visión personal, en la que nos muestra a través de anécdotas y reflexiones la naturaleza de este mundo efímero, superficial y banal. El libro no profundiza en ningún tema concreto: no es lo que pretende. El objetivo del libro es presentar con inteligencia, ingenio y algo de humor, algunos de los elementos que constituyen puntos significativos del imaginario colectivo de esta sociedad gaseosa.. Los ejemplos son elocuentes y actuales. En este sentido quiero señalar la referencia a la extraordinaria película de Woody Allen, que me parece, al igual que al autor una reflexión muy profunda sobre la condición moral del hombre.

¿Qué reivindica Alberto Royo bajo el término sólido? Pues nada más y nada menos que lo más consistente de la condición humana, lo que le dignifica: la responsabilidad, el compromiso, el conocimiento. Y por supuesto la libertad, pero no entendida solo como una simple capacidad de elección sino como un trabajo interno, algo que vamos conquistando frente a los otros pero también sobre nosotros mismos. Alberto Royo también nos invita a recuperar tradición, no como repetición de lo viejo sino como el punto de partida del camino a andar; desmintiendo la ilusiones adánica de un comienzo desde cero y el mito que hace de lo nuevo un valor incondicional. Esto tiene, como bien señala el autor, mucho que ver con la educación. Lo dijo muy claramente Hannah Arendt : la educación es la transmisión de una herencia y sin ella no hay nada que compartir. Sin esta diferencia las generaciones pueden la distancia y lo único que reina es la confusión. El filósofo italiano Giorgio Agamben señalaba que se ha perdido la experiencia. Este vivir efímero, instantáneo, hace que no seamos capaces de sedimentar lo que vivimos, de que no seamos capaces de aprender de ello. En este sentido podemos decir que no hay experiencia y sin experiencia no hay adultos.

Quisiera acabar con un punto en el que insiste especialmente el autor, y que sirve un poco de hilo conductor: la enseñanza secundaria. Es su experiencia profesional y también es la mía. Debo decir que, en general, comparto el análisis de Alberto Royo, sobre todo en su denuncia de que al demonizar la LOMCE ignoramos el origen del problema, la LOGSE y las reformas entra una y otra. Comparto su crítica a la ideología pseudopedagógica de la educación emocional y todos los mitos asociados. Igualmente me parece admirable su confesión de que él es un profesor de música en educación secundaria pero su auténtica vocación son los conciertos de guitarra. Dice, correctamente, que al profesor no se le debe exigir vocación sino que haga bien su trabajo. Mi puntualización tiene que ver con el deseo, pero no en el sentido hedonista que acompaña al consumismo contemporáneo, sino en un sentido mucho más profundo, que es el de Spinoza. El esfuerzo es fundamental, queda claro, pero es el deseo el que lo mueve y no puede haber enseñanza sin deseo de enseñar, por parte del profesor, y de aprender, por parte del estudiante. Pero seguro que Alberto Royo estará de acuerdo con esta afirmación, justamente porque lo que señala es que el profesor ha de querer primero lo que enseña. Su pasión es la música y la mía la filosofía y esto es lo que podemos enseñar con entusiasmo a nuestros alumnos. El problema es que esta sociedad gaseosa no solo desprecia el esfuerzo sino que no posibilita este deseo de aprender y aquí, como dice, hay muchas responsabilidades y de diferentes grados. Pero si no hay este deseo en el profesor nada se puede transmitir.

El libro es ligero, pero en el mejor sentido del término. Porque no hay que confundir lo sólido con lo pesado. Lo sólido no es fácil, porque como dijo Spinoza, el camino que conduce a la auténtica felicidad es tan arduo como difícil. Alberto Royo nos invita a este camino, que es el que nos puede proporcionar auténtica alegría, que nada tiene que ver con la diversión. La lástima es que para seguir esta vía tengamos que ir contracorriente en una sociedad cuya única norma parece ser el “pásatelo bien”. Os invito a todos a la lectura de este libro que seguro que no os decepciona.

miércoles, 14 de junio de 2017

"Confíen en los profesores". Columna en ABC


Carlota Fominaya me pidió una breve columna para ABC, en relación con la importancia de las notas. Se publica hoy y puede leerse aquí. A continuación, el texto:
«Confíen en los profesores», opinión del profesor y musicólogo Alberto Royo.
Nadal gana su décimo Roland Garros y nadie le acusa de segregador o poco inclusivo. Se le reconoce pundonor y capacidad de sacrificio, pero se le considera uno de los mejores deportistas de la historia porque, además de esforzarse, gana. Elogiar sus logros no supone despreciar a tenistas sin su palmarés. En la enseñanza, sin embargo, nadie puede destacar, y reclamar esfuerzo revela, en opinión de algunos, que el ámbito académico es un medio «hostil» para nuestros alumnos, cuando es todo lo contrario: el lugar en el que podrán encontrar el conocimiento y educarse. El «bienestar» de los estudiantes parece ser la prioridad absoluta y, obviamente, hacer exámenes no es lo más «placentero». Quieren vender que calificar es propio de sádicos despreocupados de los alumnos menos capaces. Desde el Ministerio de Educación se busca la manera de llamar aprobado al «casi aprobado», en Cataluña se considera menos traumático el «no logrado» que el «suspenso», los chamanes y gurús pedagógicos insisten en que un examen solo sirve para «vomitar información» y los profesores nos vemos obligados a defender nuestra profesionalidad. La calificación que un profesor asigna a un alumno no se basa solo en una prueba, sino que tiene en cuenta muchos otros factores. Y tiene un único propósito: valorar su grado de aprendizaje. Sospechar que nuestra intención es otra que premiar a quien lo merece, advertir sobre su falta de empeño a quien demuestra no haberse esmerado todo lo que podía, y detectar las dificultades de quien necesita un apoyo que al más dotado no le hará falta es, sencillamente, desconfiar del profesor y de la enseñanza.

lunes, 12 de junio de 2017

La sociedad gaseosa pasó por Zaragoza


Pues ya pasó por Zaragoza La sociedad gaseosa. Pese al calor, pasamos un buen rato de charla, también antes y después de la presentación, y tuve la oportunidad no solo de ver a familiares y amigos sino también de conocer a personas con las que uno ha tratado a distancia a través de esa gran herramienta, si sabe utilizarse, que es internet. Pude constatar que son tan buenas conversadores como parecían ser. Porque esta es la prueba del algodón: el cara a cara. Y la mejor manera de aprovechar la red, entenderla, entre otras cosas, como propiciadora de encuentros reales. A continuación, tres momentos de la presentación.

Escuchando atento a Luis Antonio González, que introdujo el acto.

Explicando el por qué de La sociedad gaseosa.

Firmando algunos ejemplares.

lunes, 5 de junio de 2017

La sociedad gaseosa, el viernes en Zaragoza


Este viernes presentaremos La sociedad gasesosa en la Librería Cálamo de Zaragoza, que acogió también la presentación de Contra la nueva educación. Y me acompañará, igual que entonces, Luis Antonio González. Un privilegio.

Les espero entonces en Cálamo, una librería diferente, con una encantadora decoración  y con... ¡vinoteca! Nos vemos el viernes en Zaragoza.


viernes, 2 de junio de 2017

Poseducación. Escuela y realidad


La educación está de moda. Algunos se alegran. "¡Por fin se habla de educación en la tele!". No estoy seguro de que esto sea bueno. Uno puede hablar hasta por los codos, pero esto no le garantiza ser un buen conversador. Me preocupa especialmente que supuestos expertos "asesoren" desde la lejanía a la realidad educativa y desde la idea de educación-espectáculo o educación-placebo, como si el objetivo no fuera tanto producir una mejoría como ganar audiencia o promover el cura sana, culito de rana. La enseñanza ha de defenderse sin brindis al sol ni paños calientes, desde el sano ejercicio de la crítica racional de quien aprecia algo y precisamente por ello siente la responsabilidad de analizarlo con rigor y llamar a las cosas por su nombre. Si no, corremos el riesgo de dar palos de ciego y quedarnos en la soflama, en la estética, en el postureo y en las buenas intenciones de las que está empedrado el infierno.

Estoy convencido de la trascendencia social de la educación. Sueño con mejorar nuestra sociedad mejorando nuestro sistema educativo, no regalando (y, por lo tanto, devaluando) el conocimiento sino, como dijo Gramsci, ambicionando la «elevación cultural del pueblo», esto es, exigiendo el inevitable esfuerzo que requiere todo aprendizaje y confiando en que una sociedad de personas formadas será una sociedad más sana.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza sabemos bien que la exigencia es esencial. Todos, profesores y no profesores, deberíamos saberlo. Pero no se trata de una exigencia caprichosa sino procedente de la experiencia y del convencimiento de que solo con una actitud adecuada, con interés y perseverancia, uno puede progresar en el aprendizaje. Es momento de decir las cosas claras, de olvidarnos de eufemismos y frases políticamente correctas y de oponernos a quienes pretenden comerciar con el futuro de nuestros alumnos y nuestros hijos, vendiendo pócimas mágicas y soluciones milagrosas. Y de replicar a quienes se arrogan la exclusiva de conceptos que son inherentes al conocimiento, como belleza o emoción (la emoción está en el conocimiento y es a través de este como aprendemos a apreciar la belleza). Se puede encontrar deleite en el aprendizaje, pero no todo aprendizaje puede ser divertido ni del gusto de los estudiantes. Precisamente lo que un buen profesor ha de hacer es abrir los ojos de sus alumnos a un mundo desconocido. 

La mayoría de los alumnos, como la mayoría de los adultos, son (somos) gente común. A las personas más brillantes, algo que tiene un indudable componente genético, les bastará con un poco de esfuerzo para avanzar, menos que a la gente corriente. A las menos brillantes, les hará falta más. ¿Es injusto? Seguramente. Pero también es real. Y es cobarde no querer admitirlo. Douglas K. Detterman, profesor norteamericano de Psicología especializado en inteligencia y retraso mental, afirmó en un seminario celebrado en la Universidad Complutense de Madrid titulado Advances on intelligence research: What should we expect from the XXi century que "el 90% del rendimiento escolar se debe a las características de los estudiantes". Pero, como el propio Detterman señalaba, resulta mucho más atractivo dejarse seducir por Goleman, Gardner y compañía y hablar de las múltiples inteligencias que reconocer que no todos tenemos la misma capacidad. ¿Qué hacer entonces? ¿Abandonar a su suerte a los alumnos menos capacitados? Jamás. Pero sí deberíamos replantearnos algunas cuestiones. La primera, que puesto que todos los alumnos no tienen la misma capacidad, lo último que hay que hacer es rebajar el nivel de exigencia general (que, por otra parte, es, lo que se viene haciendo) porque esto solo incrementará el porcentaje de alumnos mediocres, y ni rescatará a los menos cualificados ni será justo con los más competentes La segunda, que una vez aceptada la realidad, si bien no podemos exigir a un alumno más potencial del que tiene, sí debemos exigirle que se esfuerce, pues lo necesita en mayor medida que el alumno más dotado intelectualmente. En tercer lugar, recordemos que la escuela tiene la obligación moral de amparar la igualdad de oportunidades, de manera que, si un alumno tiene dificultades, es inexcusable prestarle toda la ayuda que requiera para que desarrolle al máximo sus capacidades, que (obviamente) nunca podrán ser las del alumno más capaz; para prestarle esa ayuda, hay que haberle exigido, pues es la única manera de detectar los problemas y buscar soluciones. Cuarta, la escuela pública no puede limitarse a preparar a los alumnos para que encuentren un trabajo bien remunerado (o para que puedan ganarse la vida); tiene que aspirar también, como dijo John Stuart Mill y cita Charles Murray en su libro Real Education (Crown Forum. 2008), "a formar  seres humanos capaces y cultivados". Sin la colaboración de las familias a la hora de inculcar a los hijos, desde pequeños, el gusto por aprender y los hábitos imprescindibles, el reto se complica mucho más de lo que ya es.

Si realmente apostamos por la igualdad social, si no estamos dispuestos a aceptar que el alumno pobre o el alumno con dificultades tenga menos opciones de prosperar o de cultivarse que el alumno rico o el más dotado, bajemos a la tierra y tomemos decisiones en función de su conveniencia y no de su apariencia. Estamos en la época de la posverdad. Parece que también es tiempo de poseducación. Pensemos si es esto lo que queremos.