Elogio de la equidistancia (XII). A Zaragoza o al charco. El caso Zapata



Relata un antiguo cuento baturro, recogido ya en 1883 en “La Ilustración Española y Americana” que un día San Pedro, aburrido por no tener que abrir las puertas del cielo a nadie, pidió a Dios volver al mundo para ver qué pasaba allí abajo “que ni un mortal viene a vernos en tantos años y tantos”. Con el beneplácito divino, San Pedro bajó a la Tierra de un salto y apenas hubo llegado, camino de Zaragoza, se encontró con un baturro al que preguntó a dónde se dirigía.

-“A Zaragoza”, respondió el maño.
-“Si Dios quiere”, replicó San Pedro.

Pero el aragonés insistió sin corregirse: “Que quiera o no, voy a Zaragoza”, según la versión del brigadier don Romualdo Nogués, que en 1882 firmaba como “un soldado viejo, natural de Borja” en “El Averiguador Universal”.

San Pedro, contrariado y con las plenas atribuciones que de Dios tenía, convirtió al aragonés en rana y lo arrojó violentamente a un charco, donde estuvo el baturro unos cuantos años sufriendo las inclemencias del tiempo, las pedradas de los chicuelos y otras mil calamidades, prosigue la narración de Pascual Millán en “Caireles de oro. Toros e historia” (1899).

Cuando, terminada su misión, San Pedro se disponía a subir a los cielos, regresó al camino de Zaragoza para devolver al baturro a su ser y le volvió a preguntar a dónde se dirigía.

-“Ya lo sabes, a Zaragoza”, dijo más firmemente aún que la vez primera.
-“Si Dios quiere, hombre, si Dios quiere”, insistió San Pedro con paciencia.
-“Qué Dios ni qué... suplicaciones; ya te lo hi dicho: ¡A Zaragoza o al charco!”.

Y viendo el Apóstol que era inútil dominar aquel carácter, dejó al zaragozano seguir tranquilamente su camino”, finalizaba Pascual Millán.

Últimamente me he venido acordando de este chiste a raíz de la polémica suscitada por los desafortunados mensajes que escribió hace cuatro años en Twitter el concejal (de cultura ya no, veremos de qué) del recién conformado Ayuntamiento de Madrid sobre los que no vale la pena dar mayores explicaciones por ser de sobra conocidos. Más que la inconveniencia de hacer chanza sobre asuntos tan delicados, me interesa analizar las reacciones de muchas, personas no a los tweets en cuestión sino a las reacciones de los demás. Porque resulta sorprendente que el debate parece haberse dirigido, más que a discutir si los límites de la libertad de expresión o del humor son (o no) demasiado finos, si son (o no) aceptables ese tipo de diversiones... a juzgar a quienes opinamos al respecto. Ocurrió con las famosas viñetas de Mahoma y ha vuelto a ocurrir en esta ocasión. Y, otra vez, parece que en este país uno debe tomar una postura monolítica y, sea cual sea, se ha de llevar palos de unos y de otros. Como en el chiste de baturro, no hay más opciones que Zaragoza o el charco. 

Ya no sorprende que aquí pasemos de ETA a "la caverna" sin solución de continuidad. Pero sí choca que pocos sean capaces de admitir posicionamientos poco rocosos y susceptibles de matiz. Esto parece enojar a algunos, ávidos de confrontación y armados con una batería de ejemplos extraídos de la hemeroteca que, piensan, harán mella en tu débil carácter (sí, todavía hay quien confunde templanza con blandura -o peor: con indiferencia-) y te llevarán a desdecirte de todas tus manifestaciones (como si a uno le supusiera un trauma reconocer que estaba equivocado, si así fuera). Y así nos encontramos con salidas de tono, sutiles (y no tan sutiles) increpaciones y regañinas, a un lado y a otro de la trinchera.

Y sobre el asunto del tal Zapata, ¿qué opino? Opino que es penoso hacer broma con asuntos que han provocado tanto sufrimiento. Opino que debió haberse marchado antes pero que lo ha hecho y eso debe reconocérsele. Opino que la ejemplaridad es indispensable, hoy más que nunca, en un representante público. Opino que la libertad de expresión para hacer gala de tan cenutria vis cómica debe ser respetada, pero esto no quita para que deslegitime políticamente a quien la use en ese sentido. Opino que, en efecto, los mensajes susodichos han sido descontextualizados, lo cual no elimina la gravedad de la cuestión pero sí descalifica a quienes han pretendido sacar tajada política (en cualquier caso, esto será achacable al que haya pretendido sacar tajada política y solo a él -a ellos-). Opino que es cierto, como alguien ha defendido, que pedir dimisiones por algo así es (aunque éticamente necesario) poner el listón muy alto. Opino, como alguien más me ha hecho ver, que “el dedo acusador” no debe pasar de largo de los electores, pues “los cargos públicos son producto del voto emocional”. Opino que hay muchos más que deberían dimitir o ser cesados, pero que no por ello las gracietas de Zapata son más admisibles. Opino que, sea o no justo, aquellos que dicen formar parte de un nuevo tiempo en el que la política la hacen los ciudadanos, aquellos que han generado tantas expectativas y de cuya irrupción personalmente me alegro aunque no les haya votado (tampoco a los otros), en lugar de reconocer que no es decente (uso esta palabra pese a sus connotaciones porque es exactamente la que quiero emplear y porque refleja lo que pienso) que un concejal de cultura haya hecho estas bromas, que serían reprochables aunque no inadmisibles en un ciudadano corriente pero no lo son (admisibles) en un ciudadano que ha accedido a un cargo público, que en lugar de esto, digo, salgan con lo que dijo Pujalte. O lo que dijo Botella. O lo que dijo Aguirre. Ellos son los que quieren renovar la putrefacta política y no pueden caer en reacciones tan similares a las de cualquier político profesional de los de siempre. Opino que se está sobreactuando tanto por parte de quien poco menos que solicita penas de cárcel o lapidación pública y por parte de quienes se solidarizan con Zapata, poniendo el grito en el cielo ante tamaña campaña en contra de libre expresión. Opino, afirmo que se puede ser crítico con los mensajes de Zapata sin pedir cadena perpetua ni ser fan de Cospedal. Opino, afirmo que se pueden reprochar aquellos tweets sin que ello signifique que uno no tiene sentido del humor. Opino, afirmo, que el sentido del humor, la falta de sensibilidad y la mala educación son cosas distintas. Opino que quizás se trate, más de que una cuestión moral, de una cuestión de incapacidad intelectual, incapacidad social o sencillamente incapacidad política. Es habitual que la derecha se arrogue la autoridad moral y la izquierda la intelectual mientras políticos de derechas y de izquierdas demuestran a menudo con sus actos y sus declaraciones que andan muy justitos en ambas. Y, dicho esto, reivindico mi derecho a opinar, que también lo tengo. A opinar, a equivocarme y rectificar y a que mis opiniones se consideren mías y de nadie más, sin endilgarme etiqueta alguna en función de los prejuicios del etiquetador de turno. O sea, que a Zaragoza, al charco a donde me plazca. Y sin acritú, que diría aquel.

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