Dos lecturas: "La noche de los tiempos" y "Todo lo que era sólido", de Muñoz Molina.


Tenía pendiente la lectura de “La noche de los tiempos” desde hace mucho. Este verano, por fin, he podido abordar la novela con la tranquilidad necesaria y con el tiempo suficiente para deleitarme con un libro que me ha apasionado de principio a fin.

La llegada a la estación de Pennsylvania del arquitecto Ignacio Abel, huyendo de España tras el estallido de la guerra civil, da pie al recuerdo de todo lo sucedido anteriormente y a la narración de lo que ocurrirá después, en idas y venidas mediante continuos flashbacks que te hipnotizan de tal manera que resulta casi imposible dejar de leer. “La noche de los tiempos” contiene una galería de personajes inolvidables (Judith Biely, Eutimio, el Profesor Rossman…) y una perfecta mezcla de realidad y ficción que sirve de excusa para describir y analizar el horror del Madrid de 1936, a lo largo de 958 páginas que se degustan con verdadera fruición.


“Todo lo que era sólido” es un ensayo que, en realidad, podría ser perfectamente una continuación de la novela anterior (recomiendo, por lo tanto, leerlo inmediatamente después): el derrumbamiento de aquello que parecía más robusto de lo que era en realidad, lo rápido que se destruye algo que ha costado mucho esfuerzo construir. Un  libro que merece varias lecturas y que es más necesario si cabe por el hecho de que cada vez son más infrecuentes las opiniones razonadas, mesuradas y libres de dogmatismo. Aunque es francamente difícil seleccionar un fragmento porque todo el libro es una clase magistral, transcribo a continuación uno de ellos por el regusto optimista que deja, en unos tiempos en los que las opiniones apocalípticas parecen generar más entusiasmo que las que llaman a la esperanza: la convicción de que uno, si trata de hacer lo mejor posible lo que sea que haga, estará contribuyendo a mejorar las cosas. 

Dice Antonio Machado: Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también. En un ambiente donde la corrupción es normal es más fácil ser corrupto, y donde no reina la exigencia ni se reconoce el esfuerzo costara mucho más que alguien dé lo mejor de sí, o incluso que descubra sus mejores capacidades.

Pero lo contrario también es cierto, y la excelencia puede ser emulada igual que la mediocridad, y la buena educación se contagia igual que la grosería. Por eso importa tanto lo que uno hace en el ámbito de su propia vida, en la zona de irradiación directa de su comportamiento, no en el mundo gaseoso y fácilmente embustero de la palabrería.

Que cada uno haga su trabajo, decía Camus, que tuvo siempre tan poca paciencia para las abstracciones, al contrario que casi todos sus colegas de la intelectualidad francesa. Que cada uno elija ser un ciudadano adulto en vez de un hooligan o un siervo del líder o un niño grande y caprichoso, o un adolescente enclaustrado en su narcisismo. El estudiante que estudie, y si no quiere estudiar que aprenda un buen oficio y disfrute poniendo toda su inteligencia en el trabajo de sus manos. El profesor que enseñe, el padre y la madre que sean padre y madre y no aspirantes a colegas o halagadores permanentes de sus hijos. (…)

Cada uno, casi en cada momento, tiene la potestad de hacer algo bien o de hacerlo mal, de ser grosero o bien educado, de tirar al suelo una bolsa estrujada o una botella o una lata de refresco o depositarla en un cubo de basura, de dar un grito o bajar la voz, de encolerizarse por una crítica o detenerse a comprobar si es justa. 

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