Alea iacta est. Mis sueños no caben en tus urnas


Lo tengo decidido. O casi. Esta vez tampoco voy a votar. Y bien que lo siento. Pero no. No lo voy a hacer. He votado, como tantos, con la nariz tapada, los ojos cerrados y hasta algodón en los oídos, pero no estoy dispuesto a vender mi voto. ¿Qué digo vender? Si me lo quisieran comprar tendría al menos un posible dilema moral que resolver. En este caso, el voto se regala. A unos para que los otros se vayan. A otros para que los unos no salgan. Y no es plan. Mi decisión, casi casi firme, es no volver a votar hasta que me sienta identificado con lo que alguien defienda.

Me siento una persona de progreso en el buen sentido de la palabra. Rechazo la etiqueta “progre” y a quien se enorgullece de ella, algo tan ridículo como presumir de “pijo”. Abomino de lo políticamente correcto pero también de la grosería y la espontaneidad como excusa para ejercerla. Me molesta que se confundan tradición y caspa y que se dé por hecho que alguien progresista debe repudiar el pasado y abrazar toda innovación por estúpida que sea. No me atrevo a hablar sin titubeos de izquierda y derecha porque la primera no la encuentro por ningún sitio si no es escorada en el extremo y recubierta de marketing y estrategia mediática y porque conozco personas de derechas progresistas y tipos de izquierdas trasnochados, pero sobre todo conozco a gente razonable y también irreflexiva de cualquier ideología.

Así que he decidido que votaré cuando alguien defienda aquello en lo que creo. O por lo menos se aproxime. Creo en el libre mercado pero desprecio la obsesión por el crecimiento que lleva a la desigualdad social. Respeto la iniciativa privada pero defiendo unos servicios públicos fuertes. Creo en la libertad individual pero también en la responsabilidad individual. Aspiro a una sociedad meritocrática en la que exista la igualdad real de oportunidades y en la que todo ciudadano pueda ascender socialmente sin que este progreso se vea condicionado por su situación de partida. Quiero una sociedad en la que la economía sirva sin imponer, la ética personal haga innecesarios los códigos éticos en los partidos; una sociedad en la que la cultura sea un bien social, la enseñanza un pilar básico y el conocimiento un valor apreciado y protegido.

Si conocen algún partido que me sirva, háganmelo saber. Les estaré muy agradecido. 



Agua que llevas mis sueños en tu regazo a la mar (...)

Miguel de Unamuno.



Comentarios

  1. Saludos. Gore Vidal decía algo así como "en Estados Unidos hay dos partidos, el partido de los que votan y el partido de los que no". Por primera vez en mi vida también me planteo no votar. Y no por pereza política sino por la misma sensación de no verme en ningún lado...

    Otros años no es que me viera mucho, pero votaba para que un partido no desapareciese del todo (votar a un eterno perdedor te salva de muchos conflictos morales). Hoy en día, tras ver lo de Madrid (guiño guiño) piensa uno si no será mejor que se extinga.

    Posdata: siguiéndole desde hace un año.

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    1. Pues se lo agradezco. Y también el comentario. Malos tiempos para la lírica, pero también para la política. La de verdad. Un saludo.

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  2. En resumidas cuentas: que es usted un demócrata, dadas las cosas en las que cree. Me arriesgo a decir que son las mismas en las que empezamos a creer muchos españoles a partir de 1978, conforme se iban disipando ensoñaciones revolucionarias y engañifas imperiales. Y yo diría que se parecen un huevo al sueño americano, y que me perdone la legión de antiyanquis que aún se pasea por este país. Creímos en ellas y, cuanto más amenazadas las vemos, más cuenta nos damos de lo que valen. Ahora estamos ante un fuerte dilema, Alberto, y tú lo sabes: los derechos democráticos han sufrido de 2010 a esta parte el mayor ataque que se contempla desde 1981, no en vano se habló -y pienso que con razón- de 23Financiero. No votar representa un serio riesgo de perpetuar a los artífices de ese 23F; votar... cualquiera sabe, pero tiene al menos el beneficio de la duda.

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    1. No te lo puedo discutir, Pablo pero yo no me veo con estomago para regalar a nadie mi voto. A día de hoy, al menos. No sé que ocurrirá más adelante. Un abrazo

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