Mamá, quiero ser experto.


En el espejo de mi habitación
flotaba un coach de buen corazón.
En vez de preocuparse por estudiar,
le daba solo por parlotear.

Ese sabio en las nubes era yo.
Y pensaba, con toda cerrazón,
que hay dos clases de gente nada más:
los expertos y todos los demás.

Sacaba ropa vieja del baúl
 y me vestía como en Hollywood.
Me hartaba de pontificar y de innovar,
presumiendo de mi verborrea sin filtrar.

Sabía de todo sin limitación
y era tertuliano de televisión.
Opinaba de todo, ¿y por qué no, jolín?,
buscaba el valor para decir:

Mamá, quiero ser experto,
¡Oh, mamá, yo quiero un complemento!
Las pieles y harapos, para los eruditos.
Yo soy un experto, ¡no me pidan requisitos!

Mamá, quiero ser famoso,
¡Oh Mamá, un gurú empalagoso!
Firmar talonarios
y en el escenario
ser empático, pasional y estrafalario.

Mamá, por favor, compréndeme:
Quiero ser experto.

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