Por alusiones. La "aburrición emocional"


Salvador Rodríguez Ojaos es "pedagogo, blogger, formador y asesor en innovación educativa, creatividad, educación emocional y educación en valores".

Ayer publicaba una entrada en su blog titulada De una educación aburrida a una educación emocionante en la que interpretaba (mal) mi opinión acerca de la motivación y la meritocracia en la enseñanza. Decía Salvador que hay quienes, "como Alberto Royo, afirman que los alumnos deben venir motivados de casa y que deben buscar la motivación en la consecución de unos méritos personales que les sitúen en un lugar predominante ante sus rivales/compañeros de clase para optar a mejores universidades o mejores empleos...". "Desafortunadamente", explicaba el pedagogo, "la meritocracia acaba llevando a la educación a una simple búsqueda de resultados, de mejores calificaciones, de un expediente académico brillante, donde lo importante no es saber sino ser el mejor".

Que los alumnos deben venir motivados de casa es algo que de lo que estoy convencido. Somos los padres los primeros responsables de inculcar en nuestros hijos la predisposición adecuada para aprender en la escuela. Y, si no esto no es posible, porque no siempre lo conseguimos, tenemos la obligación de explicarles los beneficios que les procurará el conocimiento a medio o largo plazo, aunque les cueste, aunque les suponga un esfuerzo y aunque a priori no les entusiasme. Como profesores, hemos de hacer lo posible por presentar los contenidos de nuestra asignatura, siempre que se pueda, que tampoco siempre se puede, de la forma más atractiva y sugerente. Padres y docentes tenemos que asumir nuestra responsabilidad, pero sin que esto libere de la suya a nuestros hijos y nuestros alumnos. Al fin y al cabo, por mucho que lo intentemos, si ellos no ponen de su parte, nuestro empeño será estéril. En cuanto a la búsqueda del predominio que Rodríguez Ojaos cree intuir en mi posición, tengo que decir que se encuentra un tanto despistado. Creo que el alumno ha de encontrar estimulante el aprendizaje, no para imponerse a nadie sino para afrontar y vencer los obstáculos, para ejercitarse, para progresar, para adquirir el gusto por la cultura, para desarrollar el pensamiento crítico, para que esa formación le permita en un futuro actuar con independencia y criterio y, por supuesto, comportarse con honradez... nadie habla de fomentar la competitividad sino de afán de superación. Y desde luego no soy fan de la "empleabilidad" (remito al capítulo 5 -Echinonoccus multilocularis. La empleabilidad, página 121 y siguientes- de Contra la nueva educación). La meritocracia no tiene que ver con la "simple búsqueda de resultados, de mejores calificaciones, de un expediente académico brillante, donde lo importante no es saber sino ser el mejor". Tiene que ver con el reconocimiento de los méritos personales, que es la única manera de que una persona no se sienta estafada después de haberse esforzado más que otra. No defiendo que un alumno intente pasar por encima de otro. Defiendo que los menos capaces (a los que debemos prestar una ayuda solo condicionada a que demuestren voluntad e interés por aprender) se fijen en los mejores, pero también que los mejores ayuden y respeten a los peores. Que todos ellos sepan que aprender enriquece su formación y que hay que admirar a quien persevera, se aplica y se cultiva y que nadie llame imbécil a quien tiene dificultades ni empollón a quien mejores capacidades manifiesta. Claro que lo importante es "saber" y no "ser el mejor". Lo realmente importante es ser hoy mejor que ayer, aspirar a alcanzar la mejor versión de uno mismo. Una cosa es el elitismo y otra muy diferente el clasismo.

Aseguraba también Salvador que "la educación es otra cosa". Y la definía como "guiar, retar, desafiar, provocar". Y aprender "como conocer, comprender, aplicar y crear". ¿Quién lo discute? Todas esas ideas (y unas cuantas más) encajan a la perfección en el concepto "educación". "Los estudiantes", dice, "deben explorar las ideas, comprender los conceptos y saber explicarlos y aplicarlos más allá de la memorización a corto plazo, tan efectiva para aprobar los exámenes con los que se suele evaluar en muchos de nuestros centros educativos". No discutiré tampoco esto, pero dudo que haya profesores tan cenutrios como para desear que sus alumnos memoricen a lo ganso solo para pasar un examen. Los habrá, seguro, porque malos profesionales hay en todos los oficios. Pero el buen profesor enseña con la intención de que sus alumnos aprendan y sepan. Por eso el buen profesor sufre en una situación de anti-intelectualismo y superficialidad pedagógica como la que padecemos. Porque quiere y no puede. O quiere y otros no quieren. O quiere y no le dejan. Y por mucho que quiera, nadie se lo reconoce. Al contrario. Se le recrimina que un alumno no quiera motivarse, como si la desgana del discípulo fuera culpa del maestro. Así, para Salvador, "es la escuela la que debe motivar a los alumnos adaptando su manera de transmitir los conocimientos a sus intereses y a sus necesidades reales, mostrándoles la utilidad y el sentido de aquello que están aprendiendo". Los profesores ya adaptamos nuestra forma de transmitir los conocimientos. ¿Pero en qué mundo viven los pedagogos? ¿Alguien cree que cuando explico el bajo continuo lo hago como si me dirigiera a musicólogos o especialistas en música antigua? Pues no, utilizo un blues o una canción de Bob Marley, junto con un ejemplo de bajo continuo barroco. Esto puede hacerse sin claudicar ante los "intereses y motivaciones de los alumnos" y, por cierto, no garantiza nada. Por otro lado, ¿cuáles son las necesidades reales" de mis alumnos en relación con el bajo continuo? ¿Qué utilidad tengo que decirles que tiene conocerlo para su futuro? Ninguna. La utilidad real y concreta de conocer qué es un bajo continuo barroco para mis alumnos es, por regla general, ninguna. Porque la cultura y el conocimiento no entienden de utilidad, como no entienden de rentabilidad. Su valor va mucho más allá de estas cuestiones. Si ha de tener alguna (utilidad), que sea la que sugirió Leonardo Da Vinci: "saber descartar lo malo y conservar lo bueno".

Paradójicamente, el pedagogo considera que los alumnos no solo deben aprender "lo que les apetece", no. "Todo lo contrario", dice, porque "el nivel de exigencia a la hora trabajar los contenidos propios de las diferentes materias debe ser alto, muy alto". A ver si lo entiendo: el nivel de exigencia es altísimo, tan alto que si un alumno no se motiva la culpa es del profesor. Brillante.

No le termina de gustar a Salvador esto de discutir los dogmas pedagógicos posmodernos y lo deja claro: "Ya está bien de potenciar el falso debate de que si personalizamos la enseñanza, de que si introducimos en las aulas la educación emocional, el desarrollo de competencias y habilidades no cognitivas, la consecuencia es un descenso en el nivel de exigencia en cuanto al aprendizaje de conceptos y contenidos, en la disciplina y en la capacidad de esfuerzo de los alumnos. La propuesta de incorporar todos estos aspectos en nuestras escuelas tiene como objetivo que nuestros alumnos aprendan más y mejor. La escuela no es solo un lugar de adquisición de conocimiento, es también un espacio de preparación para la vida". Estamos de acuerdo en el objetivo ("que nuestros alumnos aprendan más y mejor" -lo de la preparación para la vida sería más discutible porque habría que preguntarse si aprender los prepara para otra cosa distinta-) . Precisamente por eso hay quienes objetamos cuando se nos viene con cantos de sirena emocionales o  competenciales y se nos pretende convencer de que esto no tendrá repercusión en la ya de por sí escasita exigencia de nuestro sistema educativo.

"Se trata de enseñar a pensar, de que además de solucionar problemas, aprendan a plantearlos; de que entiendan que lo que están aprendiendo tiene un sentido... Los niños que aprenden a pensar son adultos críticos y participativos". Sr Rodríguez, si se trata de que aprendan a pensar, que me parece fantástico, podríamos empezar por decirles que sin conocimiento no van a pensar un carajo, no van a tener capacidad alguna de discernimiento, van a ser más fácilmente manipulables. Claro que también podemos decirles que no se preocupen, que les vamos a enseñar a gestionar sus emociones, que si no están motivados no sufran ni se incomoden porque es culpa nuestra por no haber sabido estimular su interés (y que lo sentimos mogollón), que no pasa nada si suspenden un examen porque no deja de ser un número sin importancia y ellos, claro, no son números sino personas, personas humanas y además la competitividad es muy fea, que escojan y seleccionen ellos los contenidos que encuentren más atractivos y "útiles para la vida". Verá  qué capacidad de pensamiento crítico tienen en cuatro días.

Nos pide Salvador que pasemos "de una educación aburrida y sin sentido a una educación emocionante y significativa", algo que, seguro, ningún profesor ha pensado ni intentado antes pues, como todo el mundo sabe, un profesor se levanta cada mañana con el firme propósito de aburrir, ser un petardo y conseguir que sus alumnos odien su asignatura. 

Comentarios

  1. "Ya está bien de potenciar el falso debate de que si personalizamos la enseñanza..."

    Peaso argumento ad hominem, ad verecundiam y ad estacam que empieza a plantear el caballero. Ya está bien = que te calles.

    ResponderEliminar
  2. Ítem más:
    "es la escuela la que debe motivar a los alumnos adaptando su manera de transmitir los conocimientos a sus intereses y a sus necesidades reales, mostrándoles la utilidad y el sentido de aquello que están aprendiendo".

    Todo el poder para los soviets docentes! El maestro/Profe parece ser el único ente dotado de iniciativa y libertad. El pobrecito alumno no tiene nada de eso. Es una víctima desde que nació, y dejándoselo claro es como vamos a conseguir que le dé la vuelta a su desmotivación . Como en aquel legendario episodio de los Simpson en que Bart no se queda muy convencido de que bajándolo de nivel va a llegar a la altura de los primeros. Y lo más feten es cuando se mientan las "necesidades reales". Don Alberto, ahí se encuentra un dialéctico, alguien que conoce el corazón humano y la progresión de la historia. En serio, usted nos debe otro libro en la senda de una crítica de la razón pedagógica que, otros, también tenebrosos, somos demasiado inconstantes para emprender. Le animamos a ello, porque el esfuerzo de combatir a los superstites no se paga con menos.

    ResponderEliminar
  3. Querido amigo anónimo:

    Como dice el refrán, poco a poco la vieja hila el copo. O sea que, aunque no sé en qué senda, en qué plazo o en qué sentido (aún es pronto), no descarto continuidad.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  4. Hola Alberto,

    Gracias por su artículo. Significa mucho saber que en algún sitio se habla del esfuerzo, de la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos con nosotros mismos y con los que nos rodean. Es muy importante que los alumnos sepan que las cosas se consiguen con esfuerzo. Hay veces que los oyes hablar de su futbolista favorito, pero no quieren seguir su ejemplo. Deben de pensar que nació así, en vez de pensar que ese futbolista se ha tenido que esforzar para estar donde está. Que no se rindió cuando el "toque de balón " no le salia. Que no le preguntaba a su entrenador porque tenia que hacer "ese ejercicio". Simplemente lo hacia y le dedicaba tiempo.
    Ese ejemplo, tendría que servir para que entendieran que depende de ellos y que " la responsabilidad" no esta en los demás, sino también en ellos mismos.
    Hay veces que cuando llegan a la vida real no entienden por que al de al lado le han ofrecido un caramelo y a el no. No se paran a pensar que quizá su trabajo no es tan bueno como el de al lado y que quizá se podían esforzar más.
    Quizá si empiezan a oír hablar del esfuerzo, el trabajo y de lo importante que es ser critico con uno mismo, quizá comprendan que ellos también pueden hacerlo muy bien y que nunca es tarde para aprender.
    Gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por el comentario que comparto totalmente. En ello estamos. Un saludo.

      Eliminar

Publicar un comentario en la entrada