jueves, 10 de junio de 2021

En la Selectividad de Murcia

 


Mi tribuna en El Mundo, "Vindicación del elitismo intelectual", en el ejercicio de comentario de texto del examen de Lengua Castellana y Literatura de la Selectividad de Murcia. Eso sí, no se cita al autor.

lunes, 31 de mayo de 2021

miércoles, 5 de mayo de 2021

Conversación sobre "El fin de la educación"

Dejo aquí la grabación de la puesta de largo de "El fin de la educación", el excelente libro de Xavier Massó, en la que tuve el placer de participar junto a Enrique Galindo, Jorge Sánchez y Olga García. La charla fue moderada por Eva Sierra.





jueves, 25 de febrero de 2021

Vindicación del elitismo intelectual. Tribuna en El Mundo


Tribuna publicada ayer en El Mundo. Vindicación del elitismo intelectual. 

Permítanme que comience esta tribuna acudiendo a la RAE y aclarando algunos conceptos. Se define elitismo como una “actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común”. La palabra común puede significar “corriente, “vulgar” e incluso “despreciable”. Se entiende por intelectual lo “perteneciente o relativo al entendimiento”. Y, por entendimiento, la “potencia del alma, en virtud de la cual” se "conciben cosas”, se “comparan, juzgan, e inducen y deducen otras que ya se conocen”. Por fin, vindicar implica la “defensa, especialmente por escrito” de alguien (algo, en este caso) que ha sido o es “injuriado, calumniado o injustamente notado”.

Quisiera también hacer alusión a un acertado tuit de Jorge Bustos, en el cual anhelaba “un partido [político] insultantemente elitista en lo intelectual”, con “un discurso de alta literatura”, que pareciera decir a sus potenciales votantes: “si aspiran a votarme, estudien para merecerlo”. Me siento tan identificado con este deseo que, nada más leerlo, me puse a escribir sobre la cuestión, vinculando de manera inmediata la política y la educación, algo inevitable desde el momento en el que lo político es (o debiera ser) asunto de todos los ciudadanos (los griegos llamaban a estos temas públicos “politikoí”, en oposición a aquellos intereses particulares o privados de los ciudadanos, llamados estos “idiotikós”; de ahí que a quienes no se preocupaban de lo concerniente a la “pólis”, esto es, los asuntos públicos, se les llamara “idiotes” o “ciudadanos privados” y, siglos más tarde, “idiotas”). Encontrada, como les decía, esta estrechísima relación entre política y educación, no dejé de darle vueltas a cómo se están desvaneciendo las ansias de saber y de cómo podemos estar contagiando a nuestros alumnos esta misma desidia, esta abulia literal (“falta de voluntad”) que penetra en todos los ámbitos y mitiga, incluso anula, el (imprescindible para el progreso) arrojo por ambicionar la erudición.

Reconocerse elitista suena hoy casi indecoroso. Yo confieso serlo. Y admito sin ambages que lo defenderé siempre que tenga ocasión. No creo que sea malo que existan élites, pues siempre habrá, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, minorías que destaquen sobre las mayorías. No encuentro en ello nada perverso, salvo el hecho (doloroso) de que a menudo no llegan a formar parte de esas élites quienes más lo han merecido. Y es esto, y no lo otro, lo que debemos combatir. 

Hay dos principios de los que se habla mucho en educación: excelencia y equidad. Del primero se habla con la boca pequeña o de manera populista; del segundo, con ofuscación, introduciendo factores y soluciones (véase la Ley Celaá y su obsesión por eliminar obstáculos y el consiguiente abaratamiento de aprobados y títulos) que, en lugar de garantizar que cada cual obtenga lo que se ha ganado en virtud de sus merecimientos, elimina la posibilidad de que alguien pueda descollar. Y esto, queridos lectores, es doblemente injusto: lo es para quien merece más y lo es para quien merece menos y se le hace creer que es mejor de lo que es, renunciando a la exigencia y a la búsqueda de herramientas que les permitan a todos desarrollar al máximo las capacidades de que dispongan e impidiendo, en definitiva, su crecimiento.

Volviendo a la definición de elitismo, considero un error imperdonable que el profesor no ejerza un elitismo ético, buscando abrir a sus alumnos a otros “gustos” y “preferencias” que se aparten “del común”. Porque, por más que convengamos en que la mayoría de los alumnos son corrientes (cualquier colega entenderá que no uso esta palabra en un sentido peyorativo, sino con afán didáctico y para distinguir a estos estudiantes de los brillantes - que no son tantos- y también de aquellos que tienen más dificultades de aprendizaje), nuestro propósito ha de ser siempre refinarlos, apartarlos del común, confiar en sus posibilidades y en su diversidad y heterogeneidad (pero de verdad, no como como postureo pedagogista), en la riqueza de sus diferencias, no adaptándolo todo a ellos sino estimulando su curiosidad, alejándolos de lo ordinario para acercarlos a lo extraordinario. Nuestro fin ha de ser convertir el aprendizaje en una aventura hacia lo desconocido, una excursión en busca de lo más recóndito, una búsqueda de lo inesperado, una incitación a regocijarse con lo que a priori les parece lejano e inaccesible, una huida para escapar de lo grosero y aspirar a lo selecto. ¿Por qué? Porque escuchar trap les cuesta poco esfuerzo, pero también les dejará poca huella, mientras que a gozar de Bach se aprende cultivando la sensibilidad artística, como se aprende a degustar un plato delicioso cultivando el paladar o a deleitarse ante un cuadro hermoso cultivando el gusto estético, y todo ello, después, perdura y engrandece este viaje de perfeccionamiento personal que es aprender. Hablamos de cultura, de alta cultura; no de pedantería, pues la persona culta disfruta sabiendo y el pedante disfruta presumiendo de lo que sabe. Y todos, repito, todos nuestros alumnos, están en disposición de recorrer este camino hacia este elitismo intelectual y cultural.

Habrá quien se escandalice antes mis palabras y objete que la escuela está para proporcionar otras “cosas”. Pero regreso al lenguaje, “andamiaje del pensamiento” (como lo denominaba Lázaro Carreter) para recordar que intelectual quiere decir “relativo al entendimiento”. ¿Puede haber intención más noble y bella que anhelar, para todos, reitero, el entendimiento, esto es, la “potencia del alma” en virtud de la cual se conciben cosas, se comparan, se valoran, se inducen y deducen otras que ya se conoce…? ¿No habría de buscar esto todo profesor? ¿Y lo hace? ¿Es esto lo que los profesores procuramos? ¿Se nos permite? ¿Se nos facilita? ¿Se nos MOTIVA a ello? ¿Se nos reconoce? Ante tales interrogantes, urge rehabilitar muchas ideas, actualmente desprestigiadas y suplantadas por términos vacuos, que no reflejan más que la insustancialidad de quienes los utilizan e imponen, de quienes hacen con ellos negocio. Y uno de ellos es el elitismo, entendido como corresponde y nunca como algunos lo quieren entender, tachando a sus valedores de “clasistas”. Nada hay más clasista que renunciar a la excelencia en la escuela con la excusa de que el pobre requiere “otras cosas”. El pobre, más aún que el rico, merece ver alentada su sed de cultura, ya que lo que el profesor no le dé, difícilmente podrá hallarlo en otra parte.

Bustos recurría  con buen ojo a la expresión “insultantemente elitista” cuando pedía un partido político así. Toca pues reclamar un elitismo democrático y justo, empresa ardua en unas circunstancias en las que pretender ser culto ofende, cuando lo que debería molestar es la incultura. Los políticos, que claramente nos consideran a todos menores de edad, dicen “hacer pedagogía” con nosotros, obtusos ciudadanos incapaces de entender sus designios, y prefieren masticar el mensaje hasta convertirlo en papilla ideológica (todo es fast food) que no requiera esfuerzo para su asimilación. Porque no confían en nuestra capacidad. O porque recelan del que posee auténtico espíritu crítico. Como no confían los expertos y aquellos que participan en los órganos decisorios en la capacidad del estudiante, al que hurtan retos y regalan papeles que no valen nada porque no reflejan nada, mientras la máxima autoridad educativa elabora planes de Resiliencia (resiliencia la nuestra, Ministra). Puede que ahí resida la clave del asunto: hacer pasar por clasismo un elitismo ético te permite reservar a los tuyos para que integren esa élite, que no será ética, pero sí será élite, una élite que no dejará entrar a cualquiera en base a su capacidad, su empeño o su honradez sino gracias a sus contactos, su procedencia o su abolengo; una élite, pues, deshonesta y arbitraria. Así, el saber hará libres (por acordarnos de Sócrates) solamente a unos pocos, mientras el resto se tendrá que conformar con una esclavitud apacible, ingenua y autocomplaciente. 

Alberto Royo. Profesor de Música en el IES Tierra Estella. Autor de: “Contra la nueva educación” (2016), “La sociedad gaseosa” (2017) y “Cuaderno de un profesor” (2019), todos ellos publicados por Plataforma Editorial.

miércoles, 20 de enero de 2021

La LOMLOE y la calidad del sistema educativo. Seminario virtual

Esta tarde he participado en un seminario virtual organizado por la Fundación Episteme, con Miguel Recio, Vocal Asesor del Gabinete del Secretario de Estado de Educación. 


Aquí dejo la grabación.

Entrevista para Ib3 Ràdio sobre desigualdades sociales

El domingo 17 de enero, a las 21 horas, se emitió por IB3 el documental radiofónico 'L'ascensor avariat' (El ascensor averiado), sobre desigualdades sociales y su impacto en educación y salud, en el que se incluye una entrevista que me hizo Pere Prieto Planells. El documental pertenece a una serie de tres programas titulada 'Els altres abismes' (Los otros abismos), en el espacio creado por Ib3 Ràdio bajo la etiqueta 'Carta Blanca', en el cual cada autor ha podido elegir tema, formato, invitados y enfoque. El programa puede escucharse aquí.



Grabación de la entrevista con Giuliana Caccia, desde Perú

 Dejo la grabación de esta entrevista con Perú. Puede accederse desde aquí.


miércoles, 13 de enero de 2021

Conversación con el Perú

Esta madrugada, a la una (hora española -las 19 en Perú-) se emitirá a través de Facebook Live, una conversación con Giuliana Caccia. 

sábado, 2 de enero de 2021

Tribuna en El Mundo. "Los otros alumnos"

Ayer publiqué mi primera tribuna del 2021 en El Mundo. Puede leerse aquí.

Los “otros” alumnos.

"Una alumna de Bachillerato me envía una reseña sobre el libro que ha leído. Le doy las gracias y le digo que la publicaré en el blog del instituto. Me pregunta cuánto subirá su nota. Le respondo que las notas ya están puestas y que lamento que lo haya dejado para última hora. Me insiste en que le suba la nota, que aún estoy a tiempo de hacerlo. Me niego. Me contesta que soy injusto y que no valoro el trabajo de los alumnos. Abro la reseña y descubro que está copiada, letra a letra, de una conocida bitácora de literatura… Bienvenidos al futuro: el fraudulento exige más que el honesto”.

Son palabras de un profesor de Lengua, que a cualquiera que se dedique a este oficio le resultarán familiares. ¿Siempre ha sido así o, más que nunca, estamos permitiendo al alumno tramposo exigirnos más que al alumno esforzado? Pensemos en nuestros alumnos. Los hay educados, gamberros (hoy los llaman “disruptivos”), perseverantes, holgazanes, discretos, inoportunos, reivindicativos, resignados, líderes, gregarios… También nobles y fulleros. A estos los reconocemos enseguida, pero los otros suelen pasar desapercibidos. Aunque están. Y no siempre sabemos si están bien.

No es la primera vez que critico ciertas metodologías y soflamas pedagogistas que fomentan la inmediatez, la comodidad, la elusión de los obstáculos y el rechazo del esfuerzo personal, en detrimento del auténtico aprendizaje. Están a la orden del día: “el conocimiento está en Google”, “solamente se aprende aquello que te emociona”,“las notas no son más que números”…Y, mientras dedicamos tiempo a estas frases estúpidas y nos vanagloriamos de cómo atendemos a la “diversidad” de nuestros alumnos, “sin dejar atrás a nadie”, olvidamos a ciertos alumnos que no se tragan todo esto, alumnos que seguramente han respirado en casa un ambiente de respeto por el trabajo bien hecho o de curiosidad por saber, que te preguntarían muchas cosas en clase, pero miran a su alrededor y se preguntan quién los ha metido ahí (porque ellos son los “raros”, no lo duden). Y callan. No siempre se emocionan, ya han experimentado el placer de aprender, entienden que hay aprendizajes más divertidos y otros más tediosos y confían en que aprender les permitirá comprender mejor el mundo en el que viven y comprenderse mejor a sí mismos. No necesariamente son alumnos sobresalientes. Pero tienen inquietudes. Y puede que, a estos sí, los estemos dejando “atrás”. Porque no molestan. No hacen ruido. No interrumpen. Y porque no les mostramos aprecio. Tan obsesionados estamos con motivar al desmotivado que terminamos desmotivando al motivado. Hemos “blanqueado” al mal alumno, entendido este, no como el alumno poco capaz y mucho menos como el alumno con dificultades, sino como el alumno que no hace porque no quiere, que prefiere pedir que aportar, consciente de que aquí el que más vocifera, más atención recibe.

Los adolescentes de hoy no son peores que los de antes. Los adolescentes son adolescentes. Antes y ahora. Pero es posible que hace unos años este tipo de actitudes estuvieran peor vistas y que las estemos justificando sin reflexión sobre las circunstancias y los motivos en y por los que se repiten, con un resultado calamitoso para todos: para el que busca el atajo, porque no dejará de hacerlo después (y no siempre lo encontrará), y para el que no lo hace (porque estará en inferioridad de condiciones y probablemente sufrirá una enorme frustración). Les contaré algo:

Cierta mañana, en clase, nos encontrábamos escuchando alguna de las Cantigas de Alfonso X y hablando de cómo el Rey Sabio reunía cada noche a su corte para cantar una nueva pieza… De pronto, una alumna discreta, callada, casi taciturna, levantó la mano, sorprendentemente sin asomo de timidez, para preguntarme si pensaba hablarles de Carlos III el Noble, Rey de Navarra entre los siglos XIV y XV. Le contesté que no lo tenía previsto, a lo que respondió de inmediato y con rotundidad que la música fue para Calos III y para su padre, Carlos II, algo muy importante. Lo sabía porque había hecho con sus padres una visita cultural al Castillo de Olite y se lo habían explicado. Después de reconocerle que desconocía este asunto, me comprometí a estudiarloEn efecto, desde finales del siglo XIV tenemos constancia de ministriles que ejercían de amenizadores habituales en la Corte de Carlos II y de que, en tiempos de su padre, Carlos III, existía una sala en el Palacio Real de Olite reservada para el instrumento de moda ("la cambra de la arpa"). Entre los ministriles del Rey Noble, hubo un laudista, llamado Jourdana, y un tal Arnaut Guillem de Úrsula, ciego y tocador de cítara y viola de arco. Carlos III fue el primer rey navarro en contar con una capilla de chantres a su servicio. Hasta el Anonimus IV de Coussemaker dejaba entrever en su tratado "De mensuris et discantu" la existencia de una escuela de polifonía en Pamplona. Lo más llamativo es que, aunque Carlos II no parece que empleara chantres en su capilla, a finales de 1349 entró a su servicio un personaje ilustre que compuso para él (en mayo de 1356, cuando el rey fue hecho prisionero por parte del rey Juan II de Francia) su largo poema "Le Confort d´Ami", con el propósito de aliviar su cautiverio. Se llamaba... Guillaume de Machaut.

No hace falta que les diga que las observaciones de esta alumna recibieron miradas y medias sonrisas (comentarios despectivos no, pues saben bien mis alumnos que no los tolero), algún disimulado codazo al compañero de al lado y algún que otro gesto de perezosa displicencia. Pero la realidad es que esta alumna, que no era deslumbrante en mi asignatura, tenía afán de conocimientos, interés por cultivarse. Son estos alumnos los que hemos de cuidar como joyas de valor incalculable, mucho más allá de lo material. Porque están en tierra de nadie. No son los más inteligentes ni los menos capacitados. No son los que ponemos como modelo (¿está permitido poner a un alumno como modelo o habría represalias?) ni los que nos hacen el trabajo difícil. A menudo son introvertidos, pero tienen tantas o más necesidades emocionales como los demás. Se nos llena la boca hablando de “diversidad”, pero ¿tenemos a todos en cuenta? Continuamente se defiende un modelo educativo inclusivo, pero ¿no estamos excluyendo de facto al alumno curioso, al alumno que demuestra coraje intelectual y ambición de refinamiento? ¿Se han fijado en que la palabra “estudiante” ya apenas se utiliza? Pero no hay clasismo en ella, como alguna podría pensar. Todo lo contrario, pues estudiar, es decir, ejercitar el entendimiento, es algo que cualquiera puede hacer, en mayor o menor medida, si se lo propone. Su significado original es aún más hermoso. Estudiar es dedicarse con atención a algo, estar deseoso, realizarlo con afán. “Alumno”, sin embargo, que es mucho más común, sobre todo en su horripilante versión neutra (“alumnado”), se refería en principio al niño de pecho que (literalmente) tenía que ser alimentado, aunque más tarde pasó a hacerse extensivo al alimento intelectual. En cualquier caso, el “estudiante” no espera a ser alimentado, sino que busca alimento y nutrirse por sí mismo.

Decía Antonio Machado: “Qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también”. Démosle la vuelta al pensamiento machadiano: si en un ambiente de escasa exigencia y desprecio al saber y la cultura, es difícil que los alumnos den lo mejor de sí mismos, reivindiquemos el conocimiento y aprovechémonos del tesoro que suponen estos chicos y chicas que quieren aprender y se molestan por aprender, esgrimiendo su buen hacer como detonador que provoque aliento en los alumnos desmotivados, para que estos traten de emular a quienes ya han descubierto lo apasionante que resulta saber cada día un poco más. Aplaudámosles porque, al igual que se contagia lo malo, se puede y se debe contagiar lo bueno. Que la mediocridad aspire a la excelencia y la desidia muestre sus vergüenzas ante el empeño y la voluntad. Hagámoslo por ellos y por todos, sin dejar, de verdad, atrás a nadie.

Alberto Royo. Profesor de Música en el IES Tierra Estella. Autor de: “Contra la nueva educación” (2016), “La sociedad gaseosa” (2017) y “Cuaderno de un profesor” (2019), todos ellos publicados por Plataforma Editorial.