jueves, 29 de agosto de 2019

jueves, 27 de junio de 2019

Feliz verano


A punto de finalizar definitivamente el curso, me gustaría aclarar algunos puntos:

Defiendo los libros de texto y preparo mis propios materiales.

Defiendo los deberes y casi nunca mando nada para casa.

Defiendo la autoridad y trato de que mis alumnos confíen en mí; no que recelen.

Defiendo la experiencia como fundamental para enseñar e intento no dar jamás la misma clase ni explicar los contenidos de la misma forma.

Defiendo la disciplina e imparto una asignatura, la música, en la que creatividad es parte esencial.

Defiendo el esfuerzo y estoy convencido de que se puede aprender a disfrutar del aprendizaje.

Defiendo la enseñanza y no reniego de su componente educativo.

Defiendo la didáctica, imprescindible, y combato el pedagogismo.

Defiendo el dominio de la materia como principal cualidad del buen profesor y no dejo de estudiar y de formarme.

Defiendo la evidencia y entiendo que tenemos que probar estrategias distintas y experimentar, pero ha de ser una experimentación seria, controlada y reflexionada.

Defiendo el pensamiento crítico y me esmero en fomentarlo a través del conocimiento.

Defiendo la enseñanza como palanca de ascenso social y solo la veo posible desde la exigencia y la aspiración a la excelencia; nunca desde la condescendencia, las buenas intenciones o las ansias de productividad.

Defiendo la emoción y estoy convencido de que es el conocimiento el que la provoca y el que nos permite apreciar las cosas bellas.

Defiendo que saber vivir tiene mucho que ver con saber aprender. Y creo que también con saber enseñar.

Feliz verano.



martes, 18 de junio de 2019

lunes, 10 de junio de 2019

Zaragoza. Una breve crónica


Ya terminó la Feria del Libro de Zaragoza y ya se presentó Cuaderno de un profesor. Como es habitual, fue estupendo poder saludar a familiares y amigos y conocidos, con los que siempre es un gusto pasar un rato.

Llegué a Zaragoza a eso de las diez y media, puesto que debía firmar en la caseta de Cálamo a partir de las once. La Plaza del Pilar me pareció un extraordinario emplazamiento para la Feria. Allí me recibió la figura de Goya y no pude evitar acercarme a la Catedral de La Seo para rememorar el imborrable día mi boda. Tempus fugit...

El cartel anunciaba la programación del día y pronto estaba en la caseta con Paco Goyanes (qué importante labor la del librero, que al fin y al cabo es el mediador entre quien escribe y quien lee lo que otro escribe). No se hizo pesada la estancia, pues las visitas la hicieron muy agradable.

Primero vino Pablo, un tipo simpatiquísimo e inquieto al que no había podido tratar hasta ahora, fuera del mundo virtual. Tras varios intentos frustrados, esta vez sí pudo ser. Acudió con su madre, genio y figura, a la que ya había podido saludar el día de la presentación en Zaragoza de mi anterior libro, presentación en la que estuvo como “enviada especial”. Pasamos un buen rato charlando y le dediqué el Cuaderno con la intención de agradecerle (agradecerles a los dos) el detalle de pasarse por la Feria y, claro, de leer el libro. Por el vídeo podrán comprobar todos que me explayé, acaso en exceso.


Al poco tiempo, Jesús, mi amigo dinosauriófilo, con el que ya había compartido unas cañas en un “evento” anterior, apareció entusiasmado con su (excelente) labor divulgadora en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza. Hice un descanso y nos tomamos una cerveza en un lugar fantástico: el Café Ciclón, en el restaurado antiguo Pasaje de la Industria. Nos pusimos al día y nos despedimos hasta otra ocasión, espero que pronto.


También pude hablar momentáneamente con Teodora, colega de batallas educativas, a la que acompañaba una amiga que compró mi libro para su hija, maestra de Infantil, lo cual me alegró enormemente porque la buena enseñanza ha de comenzar por ellas primeras etapas.

Pronto se hicieron las dos y aproveché para comer con mis padres en un sitio que vale la pena frecuentar: La Tabernilla de Sagasta (si van, prueben el tataki de atún), tras lo cual ellos descansaron un poco y yo regresé a la zona de la Feria para encontrarme, un rato antes de la presentación del libro, con Vanesa, a la que tenía unas ganas tremendas de conocer personalmente. Pasé con ella un rato magnífico, con otra cerveza (ella les dirá que tomó una fanta, pero no le hagan caso), pues hacía “bueno”. Hablamos un poco de todo. O bastante de todo. Y, una vez en Musicopolix, para presentar Cuaderno de un profesor, ella se marchó a hacer un examen, no sin antes hacerme una foto mientras probaba una de las guitarras de la tienda, aprovechando “maliciosamente” para incluir en la imagen unos UKELELES que se encontraban colgados al fondo. Al poco, Marta Vela, que tuvo la amabilidad de acompañarme y presentar el libro, estaba ya, puntual, con sus apuntes y su libro subrayado. Ultimamos algunos detalles, aguardamos a que los rezagados entraran y comenzamos. Además de algunos familiares, estaban: Charo, otra beligerante docente; Maite, también profesora, que dejó a medias una celebración para escucharnos; Leticia, comprometida docente en la FP; Mariantonia, la mujer de Dario, ambos enseñantes, a la que hacía años que no veía; Patricia y Antonio (Patricia enseña en FP); Carlos, que no es profesor, pero es un buen amigo, de los que siempre están; y estaba Ana, mi primera y más importante maestra de guitarra, la que me enseñó a amar el instrumento. Me dejaré seguro a alguien, pero me sabrán disculpar. El público estuvo participativo y discrepamos en algunos puntos, que es algo muy sano. Pero coincidimos en lo esencial: la educación es trascendental y ha de ser exigente y rigurosa para amparar la igualdad real de oportunidades y compensar desigualdades sociales; además, enseñar es un oficio noble y hermoso, a pesar de sus dificultades y sinsabores, que los hay, como hay satisfacciones que finalmente compensan las decepciones. 


Después de algo más de dos horas de tertulia, Gaby y Carlos, amabilísimos, habían preparado un piscolabis que sirvió para saludar a quienes no había podido saludar todavía. Firmé algunos libros y me quedé luego con Carlos, Patricia y Antonio (Juan se sumó un poco después). Anduvimos “tapeando” por el Tubo, una de las zonas más tradicionales de Zaragoza, sorprendentemente cambiada desde la última vez que la recorrí, que debió ser hace mucho, por lo visto. Comimos migas y mollejas y bebimos algunas cervezas más. Así acabó el día de la puesta de largo de Cuaderno de un profesor. Y aquí dejo algunas instantáneas y unas pocas líneas sobre la experiencia.


viernes, 31 de mayo de 2019

Puesta de largo de "Cuaderno de un profesor". En Zaragoza




La semana que viene, en concreto el sábado día 8 de junio por la tarde, después de participar en la Feria del Libro, presentaremos Cuaderno de un profesor. Me acompañará Marta Vela, con quien ya charlé y pasé un rato muy agradable en su programa "Música con estilo" de Radio Clásica. Será en Musicopolix. A las 18. Espero poder saludar a muchos amigos.


jueves, 30 de mayo de 2019

Recital de la Agrupación Inestable del IES Tierra Estellla

 Preparando los instrumentos para llevarlos al lugar del concierto.
 En marcha.
 Todo listo.
 El público, expectante.
 Cartel del concierto.
 Comienza la actuación.
En plena interpretación.

Las imágenes anteriores pertenecen a la última actividad que he llevado a cabo con mis alumnos de la Agrupación Inestable del IES Tierra Estella. Con estudiantes de 1º y 3º de ESO, preparamos y ofrecimos el día 23 un recital en la Residencia de Ancianos San Jerónimo de Estella, con la que el instituto tiene un acuerdo para que alumnos con conductas poco edificantes, en lugar de ser expulsados a sus casas, tengan que hacer labores sociales, ayudando en la Residencia. 

El programa, arreglado para instrumentos de láminas, teclado, guitarras, ukelele y pequeña percusión, fue el siguiente:

Aria Laschia ch'io pianga, del Rinaldo de Haendel.

Das Kinglet so herrlich, de La flauta Mágica de Mozart.

Marcha triunfal de Aida, de Verdi.

Segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak.

El señor de los anillos, de Howard Shore y

Every breath you take, de The Police.

Era obligado corresponder a la Residencia con un concierto para los residentes y personal de San Jerónimo, que disfrutaron del buen hacer de los estudiantes, concentrados e ilusionados, como se puede ver en los vídeos que a continuación comparto.

Moraleja: Enseñar en un oficio duro, pero cuando los alumnos responden, es muy, muy gratificante.

Laschia Ch'io Pianga, del Rinaldo de Haendel. 

Das Klinget so herrlich, de La Flauta Mágica de Mozart.

El señor de los anillos. Howard Shore.

Every breath you take. Police. 

Agradecimientos

A la Residencia San Jerónimo, por su amabilidad.
A Jorge, por grabar y tomar instantáneas del concierto y ayudar con la organización.
A Emilio, siempre eficaz y dispuesto. A Toño y Joseba, por su colaboración. 
A mis alumnos, por haberse implicado, haber ensayado (¡incluso durante el recreo!) y haberse tomado en serio la actuación.

jueves, 23 de mayo de 2019

Feria del Libro de Zaragoza y presentación de "Cuaderno de un profesor"


Estoy muy contento por anunciar mi participación en la Feria del Libro de Zaragoza 2019, que se celebrará, como es costumbre, en la Plaza del Pilar. El sábado 8, por la mañana, firmaré ejemplares en la caseta de la Librería Cálamo. Por la tarde, presentaremos Cuaderno de un profesor.

jueves, 16 de mayo de 2019

Reseña en "La garita del Guachimán"

Cuaderno de un profesor

En el retrato que Alberto hace de su cotidiano quehacer, no solo da cuenta de los obstáculos, sino que también presta atención a lo bueno: a lo que va enseñando y sus alumnos con más o menos dificultades van aprendiendo, a la superación paulatina, al interés que sus enseñanzas despiertan en algunos desde el principio o van despertando progresivamente en otros, al surgimiento casi inesperado de los primeros brotes verdes y a su posterior e imparable progresión... Porque la enseñanza no es fácil, pero sus frutos, sea cual sea la generosidad de la cosecha, son siempre gloriosos. 


Pablo López Gómez ha tenido la amabilidad de reseñar Cuaderno de un profesor en su blog. Puede leerse aquí.

jueves, 9 de mayo de 2019

Deberes escolares o “el Milenarismo va a llegar”


Imagina que llegas a casa después de ocho horas de trabajo duro sabiendo que mañana te espera lo mismo; imagina que no tienes remuneración alguna por ello; imagina que no tienes un jefe que encarna la autoridad, sino media docena de ellos; imagina que hay 30 minutos para el bocadillo y que en el tiempo de trabajo no se puede hablar ni ir al baño sin permiso; imagina que tu empresa te evalúa cada pocos meses; imagina que al llegar a casa no tienes tiempo para el ocio, que nada más entrar por la puerta de casa también te dicen que te pongas a trabajar; imagina que observas cómo hay familiares tuyos que entran por la puerta y no pegan ni palo, que todos descansan de su trabajo en la oficina menos tú; imagina todo lo anterior y que -al cerrar la puerta del hogar- tienes que enfrentarte a tres o cuatro horas más de trabajo. No porque tengas tareas atrasadas. Sino para perfeccionar. Cada día. Cada año. A solas en la habitación. Bajo un flexo. Que cae la noche y allí sigues. Imagina.
Son palabras de Pedro Simón (no transcribo todas, por prescripción facultativa) pertenecientes a una columna publicada en El Mundo el 6 de mayo y titulada “Enterrados en deberes” (puede leerse aquí).
Hacía tiempo que no leía algo tan sensacionalista, amarillista y, lo que es peor, perjudicial para la labor que los profesores afrontamos día tras día. Imaginar, lo que se dice imaginar, yo imagino que el autor del artículo tiene poca idea de lo difícil que es, hoy más que nunca, tratar de convencer a un adolescente de lo valioso que es formarse, refinarse, adquirir sentido crítico, desarrollar la sensibilidad, aprender a ser creativo y singular, pero también solidario y empático. Nada de esto se consigue sin interiorizar que lo que uno pueda llegar a ser depende de muchos factores, pero los más determinantes siguen siendo el esfuerzo, el tesón y la voluntad.
La enseñanza se ha convertido en asunto mediático. Muchos lo demandaban. Algunos escépticos advertíamos del riesgo. Ya no hay vuelta atrás. Nuestro oficio se ha convertido en objeto de deseo de tertulianos insustanciales (valga la redundancia) y opinadores histéricos. Ha conseguido ser tan popular como desconocido. Porque pocos de los que conocen la profesión por dentro, con sus luces y sus sombras, con sus pequeñas grandes satisfacciones y sus amargos sinsabores, se atreven ya a hablar. Y, sin embargo, somos nosotros, los que de verdad sabemos del tema (los “expertos educativos” strictu sensu), y no los que son llamados a las reuniones en el Ministerio, copan los congresos pedagógicos, dirigen las facultades de Educación, ganan concursos al mejor profe o se hacen virales por protagonizar el penúltimo nuevo saludo personalizado y tontaina a sus alumnos), los que todavía mantenemos la esperanza y la prudencia a la hora de hablar del noble arte de educar. Porque amamos la enseñanza y nos preocupamos de dar lo mejor de nosotros mismos de lunes a viernes (y los fines de semana y los puentes y festivos) para transmitir lo que sabemos, contagiar curiosidad e inocular en nuestros pupilos el virus del amor por el conocimiento y el gusto por el trabajo bien hecho. 
No es prudente ni sensato hablar del alumno adolescente como del nuevo oprimido posmoderno. En nada beneficia difundir esa imagen grotesca del estudiante explotado, silenciado y con cistitis crónica y hambruna tercermundista, la del muchacho rodeado de familiares holgazanes que se regodean con inquina ante su desgracia por tener que acometer tareas tan injustas y arbitrarias, la del flexo ignominioso propio del más cruel interrogatorio… 
No pedimos que nos ayuden. Somos profesionales de esto y sabemos bien que enseñar no es fácil. Pero no entorpezcan, por favor. Bastante engorroso esintentar contrarrestar lo que tenemos ahí fuera como para que nos vengan los preocupadísimosporlaeducación a anunciar el Apocalipsis y lanzar mensajes de auxilio. Los profesores no conspiramos para buscar la desgracia de nadie. Los profesores nos empeñamos en proporcionar a nuestros alumnos las herramientas que les permitan aspirar a un buen futuro. “A ver cuándo leemos un estudio que mida la felicidad de los que directamente no tienen deberes y pueden hacer una batalla naval en el salón”, se lamentaba el Sr Simón. Campal, Sr Simón, mejor que sea campal la batalla. Pero que sea en su salón. Relacionar, por cierto, la felicidad con la ausencia de deberes es una estrategia nefasta. Y fraudulenta. La auténtica felicidad, si es que existe, si es que podemos garantizarla, cosa que dudo (y desconfíen de quien sostenga lo contrario), no puede basarse en eludir las responsabilidades sino en asumirlas. Porque enfrentar una dificultad es un reto hermoso que nos aporta crecimiento personal, nos pone a prueba y nos hace mejorar. Ese es el motivo por el que los deberes (obviamente, razonables y bien planteados) son provechosos, especialmente para el alumno desfavorecido, para el carente de hábitos de trabajo, para el que no podrá encontrar en casa lo que no le ofrezcamos en la escuela. Si alguien quiere eliminar este derecho, que lo diga sin ambages, pero que no pretenda convencer a los demás de que la suya es una postura comprensiva, sensata o generosa. Porque no lo es. Es populista, temeraria, egoísta y poco solidaria, pues dejará a muchos alumnos abandonados a su suerte. Por fin, vincular las tareas escolares con una especie de “muerte en vida” o relacionar la “felicidad” con la consecución del Premio Nacional de Física (así lo hacía el autor del artículo al que respetuosamente replico), como si uno aprendiera por “ósmosis de gozo” (agradezco a J.M.A. la “feliz” denominación), es sencillamente surrealista. Cuando Arrabal avisaba de la llegada del Milenarismo, tenía mucha gracia. Esto, con sinceridad, tiene bastante poca.

jueves, 2 de mayo de 2019

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Sobre "Cuaderno de un profesor"

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Un compañero, y en este caso también amigo, profesor en Andalucía, dedica a Cuaderno de un profesor estas bellas palabras:

Voy a hacer una pequeña recomendación literaria. No es una novela ni un ensayo, es simplemente un cuaderno de un profesor, en este caso, el de un buen profesor de música: Alberto Royo.

En sus poco más de 200 páginas, nos relata sus vivencias diarias durante un curso académico entero. No es un anecdotario, ni unas anotaciones reflexivas. Es simple y llanamente el trabajo diario durante su jornada lectiva en un instituto de enseñanza público en su materia y en sus grupos de docencia. Eso sí, dándole, como no podía ser de otra forma, su enfoque personal (el cual comparto casi al 100%) de por qué ocurren las cosas que pasan.

Al leerlo, da igual que seas profesor de música, de filosofía o de matemáticas. Todo es realmente familiar. Si le cambias las corcheas, la polifonía o el Barroco de Händel, por un polinomio, una estructura semántica o el empirismo de Hume, el panorama es el mismo. La situación geográfica también es indiferente, estés en Navarra, en Madrid o en Lebrija. Sólo cambia el acento, pero como éste lo pones tú al leer, queda de lo más real.

Estamos hartos de que todo el mundo opine de nuestro trabajo, de nuestra “falta” de formación o de nuestra nula implicación en la educación de nuestros alumnos. Una legión de nuevos “pedagogos” y “expertos educativos” nos dicen día si y día no cómo tenemos que “cambiar” nuestra forma de enseñar, o, como ellos lo llaman, “desarrollar el aprendizaje”.

La lectura de este libro os ayudará a entender cuál es realmente el día a día de un profesor, sin florituras léxicas ni profundos estudios psicopedagógicos.

Leer cómo cuenta en primera persona algo que todos los profesores hacemos, o hemos hecho, es casi terapéutico porque, como me imagino que pasará en todas las profesiones, el “yo te entiendo” es común cuando se comparte una profesión, pero en el caso de la educación, donde todo el mundo opina, mangonea y decide, sin preguntarnos, detallarles el asunto, siempre es bueno.

Por otro lado, la lectura, te lleva a apreciar (cosa que yo siempre he hecho) una de las asignaturas que por desgracia y por ignorancia, se ha metido en la odiosa clasificación de las “asignaturas marías”. Agradezco a Alberto que dignifique una materia tan necesaria y útil, y de la forma como se ha de dignificar cualquier rama del conocimiento, con exigencia, cultura y profesionalidad.