miércoles, 9 de marzo de 2016

Contra la nueva educación en Crónica. Diario El Mundo


Estuve charlando con Berta González de Vega durante más de hora y media. Y creo que ha reflejado lo que hablamos con bastante exactitud en el reportaje que Crónica (diario El Mundo) publicaba el pasado domingo 6 de marzo. Bueno, salvo dos detalles. El primero no tiene mayor importancia y es que no ejerzo en Aragón sino en Navarra. El segundo es más difícil de encajar: tengo 42 años y no 43. Por lo demás, estoy también muy de acuerdo con las frases que Berta destacó, pese al enojo que han provocado algunas de mis afirmaciones en personas que se llaman tolerantes mientras se les dé la razón y dejan de serlo en el momento en que se les deja de dar. De las reacciones a la entrevista que me han llegado y de las descalificaciones recibidas (que sigo coleccionando) me quedo, por estrafalaria, con esta: alguien decidió incluirme dentro de lo que denominaba "Pedagogía Cañí". En fin, suspiro... de España...



Además de la entrevista, aquí dejo el enlace al vídeo que se encuentra en la página web de El Mundo, en el que contesto a tres preguntas, en una de las cuales debía escoger tres ideas que necesiten ser reivindicadas en la enseñanza. Y aquí, la entrevista disponible ya en la edición digital de Crónica.

José Antonio Marina o el bombero pirómano. De pedagogía, espíritu crítico y desastre educativo


Qué habilidad tienen algunos. Son capaces de prender fuego, intentar apagarlo con gasolina y que los incendiarios, los bomberos pirómanos y los carbonizados terminemos siendo los demás. Capaces de reivindicar el espíritu crítico, siempre que no esté dirigido a cuestionar las tesis propias.

Ayer martes, el Confidencial publicaba un artículo de José Antonio Marina  titulado Las críticas a la pedagogía o el desastre que se está cometiendo en la educación española. Antes de comentarlo me gustaría recordar algunas declaraciones previas del filósofo:

Para Marina, nuestro sistema educativo es (y esto no se puede rebatir) "mediocre", cuando debería ser un  "sistema de alto rendimiento". Esto, según Marina, se podría conseguir "en un plazo de entre tres y cinco años". ¿Cómo? "Formando a grandes equipos directivos de los centros" y "formando mejor a los profesores" porque estamos "muy mal formados". Podría aceptar con humildad esta valoración si la mejora en la formación docente se intuyera relativa a la profundización en el dominio de las disciplinas que los profesores impartimos. En caso contrario, dejemos las cosas como están, que no estamos para florituras.

Para Marina, a cualquiera le parecería "criminal" que los médicos "no actualizaran sus conocimientos". Como ya he dicho en anteriores ocasiones, no tengo nada que objetar a la (necesaria) actualización del docente. Ahora bien, puesto que los médicos se basan en la tradición, en la ciencia y no en las pseudociencias, en lo verificable y no en innovaciones estrafalarias y experimentos extravagantes, puesto que no son "asesorados" por personajes ajenos a la medicina, puesto que no se les ofertan para su formación  cursos de risoterapia o coaching médico, como decía más arriba, aclaremos primero qué tipo de formación requerimos a los profesores, no sea que tengamos que acabar por oponernos a la idea, en principio sensata, de la actualización.

Para Marina, "los buenos profesores no pueden cobrar lo mismo que los malos". El problema, como traté en un artículo anterior, es que no todos entendemos igual qué es un buen profesor.

Para Marina, los profesores que no compartimos sus planteamientos mostramos "tics" (con minúsculas) "de autodefensa" y tenemos "miedo a ser evaluados". También esto lo he manifestado antes: si se me ha de evaluar (personalmente no tengo ningún problema), primero, que lo haga alguien que sepa más que yo de mi especialidad; segundo, que se me examine de mis conocimientos sobre la materia que imparto y no de cuestiones subjetivas y/o vaporosas (mucho menos, morales); y tercero, que se haga extensiva tal evaluación periódica a todo aquel que desempeñe un cargo público (algunos no han sido examinados ni una sola vez, mientras otros hemos ganado nuestra plaza por oposición). En cuanto a la autodefensa, puede ser cierto, desde luego. Y bien haríamos en reflexionar por qué a los docentes se nos enciende la alarma pedagógica, como a Spiderman el sentido arácnido, cuando alguien sugiere ideas para mejorar nuestro desempeño. Vayamos ya con el texto publicado en El Confidencial.

Marina comienza ¿lamentando? la aparición periódica de publicaciones que acusan a los pedagogos de haber perdido el sentido común y de ser un peligro para la educación. Cita, entre los disidentes, a:

Mercedes Ruiz Paz, autora de "La secta pedagógica".

Alicia Delibes, que hablaba de la pedagogía progresista antiautoritaria que reniega del esfuerzo individual y de disciplina en "La gran estafa. El secuestro del sentido común en educación".

Ricardo Moreno Castillo y su "Panfleto antipedagógico", en el que denunciaba que en nombre de la pedagogía se dicen cosas a cual más delirantes, y a veces en una jerga que suena a esperanto.

Enrique Moradiellos, que en un soberbio (esto lo digo yo) artículo en El País titulado "Primero aprende y solo después enseña" alertaba contra la verborrea pretenciosa y vacua de una supuesta ciencia holística de la educación formal, inmaterial e incontaminada de contenidos efectivos conceptuales y empíricos.

Antonio Muñoz Molina, por afirmar, en otro espléndido artículo publicado también en El País y titulado "Memoria crítica", que la izquierda política y sindical decidió, misteriosamente, que la ignorancia era liberadora y el conocimiento, cuando menos, sospechoso, incluso reaccionario, hasta franquista, reprochaba la obsesión de los pedagogos por embutir en los cerebros infantiles o juveniles actitudes y no contenidos y su palabrería de sonsonete científico, como aprender a aprender, desarrollar la creatividad y el espíritu crítico, a ser posible transversalmente.

Y termina sintetizando lo que él llama una "ideología pedagógica" común, parece, a los mencionados y a mí mismo, en una frase de mi libro, "Contra la nueva educación", que Marina califica de "mitinera": La izquierda hace tiempo que asumió la defensa de la estupidez, algo en lo que, no sin tristeza, me reafirmo.

Mis primera palabras para Marina deben ser de agradecimiento por ubicarme entre autores de tal valía intelectual, profesional y personal. Nunca me ha gustado ser situado en un bando porque trato de exponer mis argumentos de forma independiente y sin que la valoración de las personas con las pueda coincidir determine lo que digo. Por otra parte, no puedo suscribir en bloque y sin matices todo lo que las personas mencionadas sostienen, aunque me reconozco en gozosa sintonía con las frases extractadas (con una excepción: lo que para Alicia Delibes es una pedagogía progresista antiautoritaria que reniega del esfuerzo individual y de disciplina, para mí es una pedagogía "progre" por fuera pero reaccionaria por dentro, algo así como un huevo kinder pedagógico. En cualquier caso, insisto: gracias. Si de facciones se trata, mejor en esta que otra.

Continúa José Antonio Marina alegando que estas críticas no tienen como destinataria la pedagogía, sino una mala pedagogía que ha  enfrentado 'calidad' e 'igualdad', 'contenidos” y 'procedimientos', 'diferenciación' y 'comprensividad', lo que provoca, dice,  engendros educativos. Pues así es. Lo preocupante es que hoy no se pueda criticar determinadas corrientes pedagógicas dominantes sin que se dé por hecho que uno critica la pedagogía en su conjunto, lo cual es absurdo desde el momento en que uno no puede enseñar sin pedagogía, sin didáctica, sin método. Otra cosa es que queramos calificar de ciencia al método y no a la disciplina (a la herramienta y no al conocimiento, al procedimiento y no al contenido) o que debamos admitir la idea más estrambótica como metodología revolucionaria o aceptar la invención de la pólvora en el 2016. Lo que se pretende mediante la crítica de la mala pedagogía es sostener que no hay una metodología comunal, que dirían en Amanece como es poco, que cada profesor tiene, en base a sus conocimientos y su experiencia, una manera de enseñar sobre la que es posible dar consejos a otros acerca de que lo que le ha podido funcionar mejor o peor a uno, pero que no es transmisible mediante una teorización de la teoría. No se trata de ofender al pedagogo sino de convencerle de que ha cometido errores, seguramente con buena intención, pero esta a veces es más peligrosa todavía que la mala baba (que también la hay). Los errores de la pedagogía son evidentes y el propio Marina cita algunos: se han confundido 'calidad' con  'igualdad', 'contenidos'  con 'procedimientos', 'diferenciación' con 'comprensividad'... y añado: "autoridad" con "autoritarismo", "disciplina" con "sumisión", "mérito" con "clasismo"... y así, como José Antonio Marina reconoce, se han provocado engendros educativos, contra los que por responsabilidad algunos hemos decidido presentar batalla.

Los antipedagogos cogen a veces el rábano por las hojas, dice Marina. Por ejemplo, al denostar el objetivo de “aprender a aprender” o de “aprender a pensar”. Aprender a aprender, por mucho que se nos intente convencer, no significa nada. Explica Marina que su interpretación ha de ser: gestionar la propia memoria. Claro que ahora tendría que explicarnos qué quiere decir también esto. ¿Y no es más fácil (más "didáctico") hablar de "aprender" y de "memorizar"?

Como exponía al principio, Marina, después de situarnos a algunos en la trinchera (donde, por cierto, explico en mi libro que no es donde el docente debería estar), aprovecha el hueco dejado para ponerse más centrista que Albert Rivera y pedir, él sí, una pedagogía de más calidad, basada en evidencias y no ideologizada (es decir, lo que querríamos todos), denuncia que se expande por las aulas una epidemia de 'innovacioncitis' (de pronto Marina parece en la línea de lo que defiendo en Contra la nueva educación), afirma que no toda novedad es válida, sino solo aquella que hace que los alumnos aprendan más, que estamos sometidos a modas fragmentadas y mal digeridas y que en este panorama han tenido especial influencia los 'psicólogos de la educación' (la "tramposa confrontación entre tradición y modernidad que hace pasar por bueno lo nuevo sin otro mérito que esta supuesta modernidad y que desprecia lo tradicional por supuestamente anticuado" de la que hablé en mi conferencia Tradición y posmodernidad. La nueva pedagogía o el efecto placebo). Pero Marina no se detiene ahí. Una vez ha sugerido que los "aludidos" somos unos exaltados que no queremos más que bronca y alboroto, se refiere a la actual psicología como psicología de hamburguesa, y la define como la que pega como puede lo que previamente ha triturado. Así lo defendió, nos cuenta, en una ponencia que presentó en la International Conference of Thinking. Sigue Marina El Moderado asegurando que cada psicólogo ha enarbolado una idea que defiende con aura de gurú, sin preocuparse de integrarla con las demás (Robinson, Goleman, Gardner, Prensky, la inteligencia emocional, los nativos digitales, el mindfullness, la gamificación...) y termina hablando de modas y del error de pensar que no hace falta aprender lo que se puede buscar y que el conocimiento no está en el sujeto sino en internet. Lo resume así:  una papilla difícil de digerir. Y pone tres ejemplos:

Primero: la motivación se considera que es condición imprescindible para actuar, por lo que si una persona no está motivada, no podremos exigirle nada. Ha expulsado del mundo educativo el concepto de 'deber' como impulsor de la acción, lo que ha tenido graves consecuencias.

Segundo: Tampoco podrá realizar una acción alguien que no tenga alta autoestima, por lo que debemos fomentarla con independencia de su comportamiento. Eso ha llevado a gigantescas campañas de fomento de la autoestima, en EEUU, con efectos narcisistas poco recomendables.

Tercero: Hemos puesto como gran objetivo educativo la felicidad del niño, pero una blanda idea de felicidad, que supone la eliminación de toda experiencia molesta, incluida la de cumplir las obligaciones, con lo que hemos fomentado la mentalidad del 'niño tirano' y la incapacidad para soportar el esfuerzo o la frustración.

Después de suscribir palabra por palabra los tres ejemplos anteriores extraigo una sola conclusión que ya adelantaba al principio: qué hábil es Marina. Piensa lo mismo que decimos nosotros, los antipedagogos (ojo: cursiva). Sin embargo, Él es integrador y nosotros fanáticos. Él es constructivo y nosotros destructivos. Él quiere mejor pedagogía y nosotros suprimirla (¿¿cómo podríamos enseñar sin didáctica??). Pero no se preocupen. Estamos, nos dice Marina, en la era del aprendizaje, y es el momento de los expertos en aprendizaje. Empieza a dibujarse una teoría integradora. Como será la suya, no duden de que será "la buena". Eso sí, cuando nos la cuente no perdamos de vista todo lo que Marina ha dicho antes. Y tampoco esperen soluciones milagrosas. Por si acaso.

martes, 8 de marzo de 2016

Comentarios de una profesora de filosofía sobre Contra la nueva educación


Mabel Dámaris, profesora de filosofía, ha dejado el siguiente comentario sobre Contra la nueva educación  en la página de Amazon:

Ante todo, merece leerse este libro tanto por la valentía que muestra el autor al oponerse con argumentos a la ortodoxia de la pedagogía oficial del reino como por el amor al conocimiento que profesa este docente de educación secundaria (¡sí, no es un pedagogo pedante y amigo de galimatías, anheloso de esconder las vergüenzas en una maraña verbal ampulosa creada ex profeso para sus colegas!), afición tan arcaica y extraña de encontrar a estas alturas del siglo XXI, época en la que nos encontraríamos según unos cuantos (de poca sal en la mollera, claro está) en la cima de la humanidad. Bueno, hay que confesar que, a menos que uno sea sacerdote del constructivismo (la teoría de aprendizaje oficial del Estado) o un simple incauto que se ha tragado todos los embustes de la nueva pedagogía, la lectura del libro hará asomar más de alguna sonrisa e incluso alguna carcajada.

Como bien sabéis, pululan por doquier encantadores de serpientes y charlatanes de feria que quieren vender humo a los neófitos en educación (la gran mayoría) y también a los futuros docentes (terreno fértil para el adoctrinamiento puro y duro). Estos engatusadores con ánimo de lucro predican en sus conferencias, pasando por caja previamente, la buena nueva de las TIC y del constructivismo, que, cual espíritu santo descendiendo de los cielos, vendría a redimir a todos los alumnos del mundo de la tiranía del docente conocedor de su materia y del autoritarismo de la clase magistral; vestigios todos ellos de una edad ya pasada, de la revolución industrial como gusta anunciar el beatificado sir Ken Robinson. Con todo, a pesar de tal revelación, muchos docentes se resisten a abandonar (aunque cada vez menos) esos dislates prehistóricos frente a la cacareada innovación educativa. Ante estos reaccionarios y herejes, los mesías de lo digital y la innovación por la innovación pretenden convertir a la muchedumbre aún incrédula a la religión verdadera, con el fin de que la educación entre, de una vez por todas, en su época dorada, lejos de los medievales tiempos pasados.

Para todos estos pregoneros de lo lúdico y del uso compulsivo de las TIC -única forma de que la escuela se adapte a nuestra supuesta "sociedad del conocimiento" y que hable por fin el lenguaje de los "nativos digitales"-, la educación emocional, el coaching, las tablets, en fin, cualquier cosa que nada tenga que ver con la transmisión del conocimiento y el uso de la memoria -¡qué horror, atiborrar de contenidos la cabeza virginal de los pobres niños y adolescentes, cautivos en la opresiva escuela del pasado, cuando todo ahora está en la venerada y sapiente Internet!- es mejor por supuesto para la educación de la juventud (algo completamente distinto de la denostada enseñanza) que una vetusta y retrógrada clase magistral, que una clase hecha con maestría por alguien que realmente sabe del asunto y que quiere ayudar a sus alumnos. Pero desde luego es mejor que el alumno sea "el protagonista de su propio aprendizaje" porque sí, porque así lo establece el dogma pedagógico hegemónico, ya que en una clase magistral el alumno es, qué duda cabe, "pasivo", etc., etc. Este es el mantra que repiten los autoproclamados expertos en educación, que, por supuesto, nunca han enseñado (jamás han tomado la tiza), pero a los que no les falta el arrojo suficiente para pontificar sobre cómo hay que mejorarlo todo y por qué los profesores que usan la "metodología tradicional" son tan malos y son los únicos culpables de todos los males de la educación.

Recomiendo encarecidamente a todos aquellos que sospechan que les están vendiendo la moto que se tomen el antídoto (que elijan la píldora roja como hizo Neo en Matrix y que no sucumban al lado oscuro de la fuerza) y que lean este libro; estoy seguro que no les defraudará. También recomiendo algunos otros libros sensatos como los de Inger Enkvist, Gregorio Luri o el libro sobre educación de Victoria Camps. No hay como una buena dosis de buen sentido común y sensatez para avivar el seso y desempolvar el caletre anquilosado por tanta propaganda antiintelectual y por la perezosa aquiescencia acrítica de muchos ante el instaurado discurso políticamente correcto de la nueva pedagogía oficial.

Por alusiones. Respuesta a la respuesta de la respuesta


El Sr Feito Alonso, catedrático de sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense y colaborador del Movimiento por la Calidad de la Educación en el Sur y Este de Madrid, responde a mi respuesta a un artículo suyo en el que me aludía en relación con el reportaje publicado en el diario El Mundo con el título "Guerra en la escuela". De su nueva entrada deduzco que: o me expliqué francamente mal, cosa que no descarto, no crean, o él no entendió un carajo de lo que dije.

Primero. Se sorprende Feito de que le incluyera en el bando de los que "desprecian el saber y la cultura". Y no me extraña nada que se sorprenda, porque yo no lo incluí en ningún bando. De hecho, no me gustó ser yo mismo incluido en uno en el reportaje de El Mundo ya citado. Cuando yo hablaba de quienes “quieren convertir al profesor en un mono de feria”, me refería a aquellos que son objeto de crítica en mi libro, precisamente los que cuestionan que el conocimiento sea algo relevante. Y este primer punto explica el segundo.

Segundo. No es que me parezca indispensable, como indica el Sr Feito, que este lea mi libro (lo cierto es que me da igual) para opinar sobre lo que digo. Sencillamente, de haberlo hecho, no habría pensado que es él el oscuro objeto de mis reflexiones porque habría comprobado quiénes sí lo son. La referencia a “quienes quieren convertir al profesor en un mono de feria” se deriva justamente de su acusación (nos acusaba a Ricardo y a mí, para ser exactos) de que nos dedicamos "a insultar a todo aquel que no nos gusta". Lo que Feito considera "insultos" (yo lo llamo "legítima defensa") tiene como destinatarios a las personas que con nombre y apellidos aparecen en el libro, entre los que. lo lamento, no se encuentra él. Espero que ahora se entienda mejor.

Tercero. Siento decir que tampoco incluía a Rafael Feito en "la izquierda"; es más, no tengo la menor idea de su ideología, ni me interesa (ni me incumbe, quiero decir). Que la izquierda ya no defiende la instrucción pública como palanca de ascenso social es algo constatable solo con atender a las declaraciones de los partidos que teóricamente la representan o leer sus programas educativos. Y reitero que muestra de ello es la costumbre de tachar de reaccionario a aquel que habla de cultura, exigencia o mérito, valores de los que la izquierda debería hacer bandera. Y claro que Antonio Muñoz Molina es progresista. Y claro que soy consciente de ello. Y claro que le "entregué mi prólogo" (con alborozo, añado) "a un izquierdista" (como lo llama Feito). Porque Antonio es un progresista; no un "progre". He ahí la diferencia. No un "renegado de la escuela pública" (palabras de Feito, no mías) sino alguien que, sin ser docente, la defiende mejor que muchos de los que presumen de paladines de la misma.

Cuarto. "El problema de todo esto" es, para Feito (y lo sabemos "muy bien", dice, los profesores) que "el conocimiento que pretende transmitir nuestra escuela es sencillamente inabarcable". Pues así es: ese es uno de los valores del conocimiento, que es inabarcable, que no es accesible sin esfuerzo, que cuesta, como todo lo realmente valioso (Feito habla sin embargo de "sobrecarga de conocimientos"). Ante esto tenemos dos opciones: intentar transmitir conocimiento por muy inabarcable que este sea, convencer a nuestros alumnos de sus beneficios y educarles en la curiosidad por saber, o bien seleccionar, descartar, reducir y edulcorar los contenidos para que no se les indigesten, para que no les estorben. Yo apuesto por la primera. Y esto es compatible con el análisis del currículo de cada asignatura y la reflexión sobre lo acertado o no de su organización, secuenciación o temporalización.

Quinto. Feito se vuelve a sorprender (anda de sorpresa en sorpresa el hombre) porque a su frase "[la autoridad y la disciplina] pueden fácilmente traducirse en una docencia de carácter unidireccional en la que la palabra queda monopolizada por el profesor condenando, de este modo, al alumnado al silencio y, muy posiblemente, a la ausencia de aprendizaje", respondía yo que no se debe desconfiar de que un docente ejercería honradamente su autoridad (si la tuviera). Y me sorprende que se sorprenda (otra vez) porque hablar de que el profesor con autoridad "condenaría al silencio y a la ausencia de aprendizaje" a sus alumnos no parece síntoma de confianza en el buen hacer de un profesor. Para justificar su postura recurre el sociólogo a la OCDE (claro) para asegurar que "muchos profesores solo exigen a sus alumnos que memoricen los contenidos de una asignatura para poder aprobar los exámenes". Conozco a muchos profesores pero, aunque ninguno de mis conocidos "solo exigen a sus alumnos que memoricen los contenidos de una asignatura para poder aprobar los exámenes", es posible que la OCDE tenga los medios para haber verificado que son "muchos" los que emplean esta absurda metodología ("muchos" son... ¿el 80%? ¿el 20? ¿el 100%?). Pero aquí hay algo que debemos resaltar: nadie (yo, desde luego, no y cuestiono que sean "muchos profesores" los que sí) defiende que un alumno memorice todo sin comprender nada, lo aprenda de forma superficial, supere el examen y lo olvide. Lo que reivindico es el uso racional de la memorización como herramienta (herramienta, herramienta, herramienta) imprescindible para el aprendizaje.

Sexto. Sobre el "aprender a aprender", me remitiré a la espléndida explicación que ofreció al respecto en su día don Enrique Moradiellos, quien expuso con brillantez lo siguiente: "Aprender a aprender es equivalente a aprender, sin que la repetición del núcleo de identidad amplíe o agrande esa identidad porque lo definido está ya dado en la definición. Por tanto, el sentido lógico, semántico, conceptual, científico, tecnológico, pragmático o meramente común que queramos dar al sintagma aprender a aprender se agota en aprender (no sería lo mismo con enseñar a aprender  o aprender a enseñar, como tampoco con enseñar a estudiar o aprender a estudiar, naturalmente). Y no hay tras ese sintagma más que un juego de palabras inútil, quizá de pretensión metafórica, que a algunos podría parecer eufónico (no a nuestro juicio) y que por su estructura interna carece de potencia explicativa para decir algo distinto a aprender."

Séptimo. Para tener la piel tan fina como la tiene el Sr Feito, que considera el libro de Ricardo y el mío un compendio de "descalificaciones gratuitas", tiene pocos reparos en referirse a mí como alguien de "prejuicios elitistas". Aunque, esperen... bien pensado, podría ser un elogio si lo tomamos como "preocupación por favorecer la aparición de élites" y entendemos la palabra élite como la "minoría selecta y destacada en un ámbito social o actividad", que es como la define la RAE. Así que muchas gracias por el cumplido.

Octavo. Dice Feito que hoy sabemos "en qué modo la gente puede aprender más eficazmente" y que basta para ello con "pensar en los trabajos de Howard Gardner y de Lawrence Steinberg", que espera "no sean despachados como meros charlatanes". ¿Qué puedo decir? Mejor no digamos nada.

Noveno.  Se lamenta de nuevo el Sr Feito de que dedujera de su anterior artículo que considera "inútiles" a los profesores. Pero es que él mismo afirmaba que lo que falló al implantar la LOGSE fue el profesorado por su falta de "reciclaje", un término que no puede interpretarse de otra forma  que como la necesidad de que un docente pase por un proceso que le permita "volver a ser utilizable". O sea, Sr Feito, no me venga usted con que saco conclusiones precipitadas porque me limito a leer con atención sus palabras. Escójalas mejor en otra ocasión y podremos hacer una lectura distinta. Por ejemplo, ahora dice que "se tendría que haber pensado en un grupo o cuerpo de profesores de la ESO, el cual podría proceder de nuevas contrataciones o de profesores en activo", algo que podríamos discutir pero que no contiene la connotación ofensiva de sugerir reciclaje para el docente. Y olvidemos de paso lo del "apoltronamiento derivado de la condición funcionario" porque seguro que también me dice que le he entendido mal.

Décimo. Feito concluye sospechando (lo dice por el encabezamiento de este blog) que "me considero una suerte de alter ego de Atticus, el protagonista de Matar a un ruiseñor". No se trata de eso, Sr Feito, sino más bien de una declaración de intenciones. Porque, aunque haya quien se molesta ante el ejercicio de la crítica (y oiga, no me vuelva a decir que le malinterpreto - "Royo llena su argumentario de insultos. No hace falta que nadie le obsequie con improperios. Él solito se las apaña para recopilarlos y desde ahí lanzarse por la senda de la discordia"), aunque el cuestionamiento del Dogma provoque tanta irritación, la frase de Finch me sirve para no cejar en mi empeño: "el hecho de que hayamos perdido cien veces antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer". Los que defendemos postulados no coincidentes con la línea oficial vamos perdiendo, esto es innegable. Pero ello no nos resta legitimidad ni convencimiento de cara al sano ejercicio de la crítica, con contundencia proporcional a la gravedad de la situación. Y debo volver a citar mi libro, no para hacer propaganda sino para reiterar que dedico en él un buen espacio a destacar lo que entiendo hay de positivo en la pedagogía (porque lo hay) y también los errores en los que creo que ha incurrido (que son muchos). Lo que digo, faltaría mas, puede gustar o no gustar. Se puede estar o no de acuerdo. Pero las opiniones divergentes no deberían incomodar.

Contra la nueva educación en La garita del Guachimán (y II)

Pablo finalizaba ayer en su blog su reseña sobre Contra la nueva educación, que le agradezco mucho, claro, y de la cual me gustaría destacar algo que él mismo resalta al final de su artículo: aunque este tipo de alegatos en favor del conocimiento no acostumbran a generar la misma expectación, ni de lejos, que las propuestas tontorronas que venden éxito fácil y felicidad a raudales, da la sensación (y me congratulo por ello) de que los medios están teniendo muy en cuenta lo que en el libro se denuncia (y lo que por tanto se defiende). El Mundo, Ara, La Vanguardia, Magisterio, Diario de Navarra, Navarra Televisión, Cuatro, R.N.E., Radio ECCA, COPE, Radio Euskadi...además de numerosos blogs y menciones, críticas desaforadas y adhesiones en las redes sociales... dan muestra de que, al menos, el libro ha conseguido uno de sus principales objetivos: generar debate y evitar que el Discurso Único enmudezca a los disidentes. Pero lo más importante para mí es el respaldo de la gente sensata y formada como Pablo. Que otros se muestren agresivos contra mí por lo que expongo en el libro, no deja de ser una buena señal.

El texto de Pablo, aquí.

lunes, 7 de marzo de 2016

Tertulia radiofónica sobre la "vieja" y la "nueva" educación


Radio Ecca es un centro educativo y de aprendizaje nacido en las Islas Canarias en 1965 y también una emisora en cuya programación se encuentra el programa Comunidad Educativa, que presenta Victoria Caro. Hace unos días me invitaron a participar en una tertulia vía telefónica. Acepté encantado porque iba a compartir espacio con mi admirado Ricardo Moreno. El resto de contertulios fueron: Mireia Long ("co-creadora" del método Pedagogía Blanca y del programa de coaching Mujeres Empoderadas, José María Toro, maestro de Primaria y especialista en Creatividad y José Luis Domínguez, profesor de FP.

Tengo que decir que, pese a la amabilidad de Victoria, fue un poco difícil aclararse. Charlar con alguien a quien no tienes delante no es sencillo. Sin embargo, fue entretenido. Diría que hasta divertido, pues algunas de las afirmaciones fueron ciertamente cómicas. Una experiencia.

Dejo aquí, para quien quiera escucharla, la grabación de la tertulia.

Entrevista en el Diari Ara


Mientras una parte de las escuelas se empeñan en llevar a cabo una revolución pedagógica en las aulas centrada en el alumno, Alberto Royo, que acaba de publicar el libro Contra la nueva educación (Plataforma Editorial), reivindica el aprendizaje tradicional basado en el conocimiento, la exigencia y el esfuerzo, y en el que el profesor siga siendo el principal protagonista.

¿Qué tiene en contra de la reivindicada revolución pedagógica?

El hecho de cambiar algo no significa necesariamente que sea para mejor; por eso creo que hay que tener cuidado a la hora de obsesionarse con la innovación. No podemos decir que innovar siempre es bueno porque sería como decir que hablar mucho también lo es, y esto, como todo el mundo sabe, depende del interés de lo que se diga.

¿Qué aspectos, pues, deberían mantenerse de la educación tradicional?

La relación jerárquica entre profesor y alumno. Es la base de cualquier aprendizaje: una persona que sabe -en este caso el profesor- transmite el conocimiento a otra que no sabe -el alumno- y que quiere aprender. También mantener hábitos que son claves a la hora de aprender: la capacidad de atención, el silencio, la disciplina, la autoridad y la perseverancia. Soy consciente de que no son términos "modernos", pero sería un error gravísimo desestimarlos.

También es partidario de las clases magistrales ...

De hecho, todos los que enseñamos queremos impartirlas y todos los que nos queremos queremos recibirlas. Si alguien hace una exposición o un concierto magistral se dice que ha hecho un trabajo excelente. En cambio, en la educación se confunden las clases magistrales con aquellas en las que el profesor es un tirano y el alumno no puede hablar ni para pedir permiso ...

¿Cómo se ha llegado a esta connotación negativa?

Por confusión: se considera progresista un tipo de pedagogía que en realidad es reaccionaria. Ahora mismo hablar de disciplina y autoridad te convierte en sospechoso de ser un retrógrado, pero estos son aspectos esenciales en el aprendizaje. ¿Qué es más progresista: igualar todo el alumnado en la mediocridad o permitir que los alumnos que se esfuerzan lleguen lejos y, a la vez, ayudar a los que tienen dificultades?

Responda usted mismo ...

Desde mi punto de vista, lo verdaderamente progresista sería tener un sistema educativo público riguroso y exigente que permitiera el ascenso social en función no sólo de la capacidad del alumno sino también de su esfuerzo.

¿Y no se es exigente?

No es lógico que los alumnos vayan superando cursos mientras coleccionan suspensos. Todo empezó a estropearse a partir de la Logse, cuando se inició una obsesión por la igualdad. Claro que es imprescindible como punto de partida, pero la igualdad es un error como punto de llegada. No todos los alumnos pueden alcanzar el mismo nivel por una cuestión de capacidad y porque no todos quieren esforzarse de la misma manera. La única manera, pues, de conseguir la igualdad -el que ahora se llama equidad-es impedir que los alumnos que más se esfuerza y ​​tiene más capacidad llegue más arriba.

Y entonces, ¿qué se debería hacer?

Tanto la escuela como la sociedad deben aspirar a ser meritocráticas. Si en la escuela pública no se reconoce el mérito a la persona que trabaja y no se exige a todos los alumnos, difícilmente lo podremos extrapolar después a la sociedad.

¿Qué piensa de la Lomce?

Me parece una mala ley porque no soluciona los problemas de las normativas anteriores y porque en esencia no es tan diferente. El problema que tenemos es que no hay ningún partido político que apueste por el conocimiento y la cultura del saber. No hay ningún partido que enfoque el sistema en torno al profesor y no del alumno. Siempre se habla de que el alumno debe estar motivado y cómodo, y ser feliz. Es verdad que es el destinatario, pero nunca puede ser el que guíe las decisiones en materia educativa.

¿Entonces es mejor que el alumno esté desmotivado y no sea feliz en la escuela?

No pasa nada porque los alumnos vayan a clase obligados. Todos trabajamos porque cobramos a final de mes; si no, seguramente no lo haríamos. Lo que debe entender un niño es que el aprendizaje es bueno para él

¿Está a favor de volver a hacer reválidas tal como prevé la Lomce?

Si se hacen bien no me parece mal hacer unas pruebas externas.

El enlace a la entrevista, aquí.

En el magazine de La Vanguardia


¿Aprender a trabajar en grupo? ¿Gestionar emociones? ¿Idiomas? ¿Saber cómo funciona el mundo? El debate educativo trata de definir qué nuevas competencias son necesarias para el siglo XXI. Qué habilidades –más allá de las académicas– deberían aprenderse en la escuela. Y la primera de ellas es entender que el mundo ahora es global.

Así comienza el reportaje de Eva Millet para el magazine de la Vanguardia publicado ayer domingo, 6 de marzo. En el mismo, se recogen algunas opiniones como las de: Irina Bokova, directora general de la Unesco, el filósofo José Antonio Marina, Raúl Santiago Campión, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Navarra, Pere Vilaseca, responsable del área de proyecto educativo de la Escola Pia de Catalunya, y la directora de La Granja, centro educativo del Montseny catalánCristina Gutiérrez Lestón.

También aparece mi opinión al respecto:

La responsabilidad es una habilidad fundamental para Alberto Royo, maestro y autor del recién publicado Contra la nueva educación (editorial Plataforma). Es de la opinión que la escuela debe cultivar unas habilidades que no considera que sean tan diferentes de las de otras épocas. Enumera “la atención, la disciplina, la tenacidad, la aceptación del fracaso y su valoración como un estímulo para la superación”, y cree que “precisamente ­porque existen las nuevas tecnologías”, ejercitar la concentración y la memoria es fundamental.


El reportaje completo puede leerse aquí.

sábado, 5 de marzo de 2016

Presentación de Contra la nueva educación en Zaragoza


El jueves 17 de marzo a las 19 h presentaremos en  Zaragoza Contra la nueva educación. Será en Cálamo, considerada "una de las diecisiete librerías más bonitas de España". Presentará el acto Luis Antonio González Marín, director de Los Músicos de Su Alteza y científico titular del CSIC. Un lujo.

Como siempre, quedan todos invitados.


viernes, 4 de marzo de 2016

Oportunidades. En respuesta a Rafael Feito


Rafael Feito Alonso es catedrático de sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido colaborador del Movimiento por la Calidad de la Educación en el Sur y Este de Madrid. El domingo 28 de febrero publicaba un artículo en su blog en el que mencionaba Contra la nueva educación y también el libro de Ricardo Moreno Castillo La conjura de los ignorantes. Titulaba el artículo "Dad una oportunidad a la paz escolar", deseo que no sé bien a quién iba dirigido pero de cuya bondad no dudaré. Feito, que criticaba el "belicismo" con que El Mundo encabezaba el reportaje del 26 de febrero, del que hemos hablado aquí, decía no considerarse parte del grupo de los "pedagogos" (en el mencionado reportaje se establecía una división entre estos y los "antipedagogos"). Debo recordar aquí lo que ya expresé hace poco más de dos semanas: que tampoco yo me reconozco como representante de la antipedagogía (y vuelvo a remitirme al argumentario del capítulo séptimo de mi libro, titulado "Análisis de la pedagogía", en concreto al apartado "Acuerdos y desacuerdos"). Aclarado esto, para evitar que alguien me sitúe donde no creo estar, es decir, en un extremo, paso a comentar otras consideraciones de Rafael Feito.

Según el catedrático de Sociología, Arcadi Espada, Ricardo Moreno y yo coincidimos "en el recurso a la descalificación gratuita, cuando no al insulto, de cualquiera que ose discrepar" de nosotros. Es muy curiosa esta afirmación, puesto que precisamente somos Ricardo y yo (no sé si Arcadi, a quien no conozco) quienes coleccionamos insultos gratuitos desde el momento en que osamos cuestionar los dogmas de la Pedagogía Hegemónica. Debo recordar que dos semanas después de la publicación de mi libro, he sido tachado de: "mamporrero", "nostálgico", "soberbio", "troglodita" y algunas lindezas más, a las que habría que añadir las infinitas muestras de cariño que he recibido antes incluso de haber escrito este libro solo por manifestar objeciones a las metodolologías trending topic, por parte de personas que rara vez son colegas de profesión sino gentes de los aledaños del mundo educativo (o sea, expertos). Tengo que añadir a la anterior observación que calificar y descalificar son cosas distintas. Por ejemplo, llamar a alguien ignorante cuando da muestras de ignorancia o charlatán cuando habla mucho y sin sustancia (no puede ser considerado un insulto sino más bien una definición. "Troglodita" y "mamperro", sin embargo, encajan bien en el concepto "descalificación".

Hay algo que me llama mucho la atención. Para Feito, mi "prologuista" es "más moderado" que Arcadi Espada, "salvo cuando de la educación se trata". Quierdo detenerme en este punto porque considerar a Antonio Muñoz Molina una persona moderada "excepto cuando habla de educación" explica muy bien por qué estamos como estamos y, sobre todo, demuestra algo penoso: que la izquierda hace tiempo que renunció a defender la instrucción pública como palanca de ascenso social. Muñoz Molina es moderado, de acuerdo. Es progresista, socialdemócrata declarado. Nadie lo pone en duda. Sin embargo, sus ideas sobre cómo debe ser la enseñanza pública se tildan de conservadoras y reaccionarias. ¿Por qué? Porque defiende el conocimiento. He aquí el drama de una izquierda que ha traicionado sus propios principios para pasar a defender posturas tan "progres" (que no progresistas), tan políticamente correctas, tan melifluas y tan anti-intelectuales, que han superado por la derecha a los más conservadores en materia educativa o, como poco, han llegado al mismo punto de estulticia.

Encuentra Feito "un poco contradictorio" pongamos (Ricardo y yo) tanto "énfasis en la autoridad del profesor" mientras "insultamos", se queja, "a todo aquel que no nos gusta". Añade: "mala lección pedagógica, si se me permite el uso de este término para ellos abominable". Primero, combatir dialécticamente a quienes desprecian el saber y la cultura, pretenden devaluar el papel del profesor y convertirlo en un mono de feria, de quienes intentan convencernos de que nuestros alumnos van a la escuela a ser buena gente, a alcanzar la felicidad y no a adquirir los conocimientos, no es "insultar a todo aquel que no nos gusta" sino defender un oficio hermoso que no merece semejante (mal) trato. No hay agresividad sino legítima defensa. Segundo, no abomino de la expresión "lección pedagógica" sino de que la palabra "pedagógica" se independice y se imponga sobre la palabra "lección", pues no hay lección sin pedagogía, pedagogía sin lección, ni didáctica sin conocimiento.

Coincido con el Sr Feito en que el “esfuerzo, el mérito, la autoridad, la disciplina, la exigencia, la memoria y la evaluación” son fundamentales y me sorprende que pregunte: "¿quién, en su sano juicio, podría negar, la importancia de estos factores?". Que conste que las dudas sobre el juicio, sano o deteriorado, de quienes menosprecian todas estas virtudes no es algo que yo haya querido valorar, pero si el catedrático de sociología hubiera leído el libro (que suele ser útil para entender lo que su autor opina) habría comprobado, quiero pensar, que no solo se niega la relevancia de la autoridad, la disciplina, la exigencia, la memoria o la evaluación sino que se hace lo posible por exterminarlas, tildando de retrógado a quien las reivindica. De todas formas, creo que, a pesar de  su tímido reconocimiento de la autoridad, la disciplina y la exigencia, Feito no termina de estar convencido de su valor, pues advierte que estas "pueden fácilmente traducirse en una docencia de carácter unidireccional en la que la palabra queda monopolizada por el profesor condenando, de este modo, al alumnado al silencio y, muy posiblemente, a la ausencia de aprendizaje". ¿Cómo que "pueden traducirse"? ¿Por qué se desconfía de que un docente ejercerá honradamente su autoridad (digamos mejor "ejercería honradamente su autoridad", si la tuviera), va a impedir a sus alumnos intervenir (ordenada y civilizadamente, claro) en clase y, "muy posiblemente", "condenándolos" (sí, condenándolos) a la "ausencia de aprendizaje"? ¿No es posible enseñar con autoridad, disciplina y exigencia sin que ello presuponga opresión, tortura y escarnio? Hablamos de autoridad, disciplina y exigencia, no de tiranía, violencia o abuso. Por favor, empleemos las palabras con rigor ("si se empobrece el lenguaje, se empobrece el pensamiento", dijo Lázaro Carreter, un déspota del saber, sin duda) y seamos explícitos: si se considera que tener un cierto orden en clase es una humillación para los alumnos, digáse. Si se cree que los profesores pedimos autoridad para implantar una dictadura en el aula, dígase. Si se piensa que exigir en clase es una afrenta y un vulneración de los derechos infantiles, dígase también. Al menos que sepamos de qué estamos hablando. Porque el "modelo" del que algunos hablamos no es ese. Y no puede estar siempre bajo sospecha. Por supuesto que "el profesor", cosa que niega Feito, debe ser obedecido "por el mero hecho de serlo", pero no por una razón absolutista sino porque es (o era, o debería ser) el depositario del saber, porque es el conocimiento que atesora el que le infunde de autoridad intelectual y le capacita para enseñar. Pero esto, hoy, es controvertido porque personas como el Sr Feito siembran la desconfianza en el maestro dando por hecho que va conducirse de forma "arbitraria" o va a "limitarse a leer el libro de texto".

Pero lo más extraordinario viene a continuación: "Ya no estamos en una sociedad", asegura Rafael Feito, "en la que la diferencia cultural entre el maestro y sus alumnos –y las familias de estos- sea tal que aquel pueda ser venerado (...) Son muchas las cosas que han cambiado desde que los dos autores que aquí nos convocan accedieron a la docencia y sus prologuistas dejaron los pupitres escolares". Actualmente, la diferencia cultural entre el maestro y el alumno es, en mi opinión, más acusada que nunca. Y en cuanto a lo que ha cambiado desde que los "prologuistas dejaron los pupitres escolares" y "los dos autores accedieron a la docencia", en primer lugar, yo accedí a la docencia en Secundaria con la LOGSE ya implantada. Y, por mucho cambio que haya habido, no ha habido mutación genética en la especie humana que justifique el un niño aprenda hoy de manera diferente a como lo hacía ayer. Lo que ha cambiado es sencillamente que hoy se cuestiona que el niño deba aprender.

Por fin, el catedrático de Sociología llegaba a la conclusión habitual en estos tiempos: la LOGSE era buena, pero falló el profesorado, por su falta de "reciclaje" (otro eufemismo; sería mejor que se nos llamara directamente "inútiles" y no se nos recomendara el reciclaje para volver a ser "utilizables") y, no podría ser de otra manera, por "cierto apoltronamiento derivado de la condición funcionarial". Pero su conclusión definitiva era que "la motivación, la creatividad, la originalidad, la integración, el coaching y la empatía" resultan "esenciales en cualquier proceso educativo" (no importantes, no, esenciales) y que el "aprender a aprender" (novísimo) es "fundamental" porque "no sabemos qué empleos van a existir en el futuro, ni cómo van a evolucionar". Y, pregunto, si no lo sabemos, ¿por qué es más importante el "aprender a aprender" que el "aprender"?

No me deja muy tranquilo el final de texto, en el que el sociólogo indica "algo muy importante", que "la supuesta tribu pedagógica" no está compuesta "solo por pedagogos, sociólogos y psicólogos", ya que debemos incluir a los "economistas (entre ellos los de la mismísima OCDE)" y, cómo no, "la neurociencia". Oportunidad a la paz, no sé, pero a los profesores que queremos enseñar, por lo visto, ni agua.

Carlos Ueno valora en la página de Amazon "Contra la nueva educación"


Carlos Ueno, colega de matemáticas y autor del blog Proporciones inversas, ha valorado en la página de Amazon Contra la nueva educación. Copio su comentario y, claro está, se lo agradezco desde aquí.

Cuando era adolescente recuerdo leer con entusiasmo un par de libros de Martin Gardner ("La Ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso" y "La Nueva Era") en los que el divulgador científico, con la ayuda del mago James Randi, ponía en entredicho el mundo de las pseudociencias y sus protagonistas (que cuentan con el apoyo de una parte importante de la población), destapando las trampas y engaños que se esconden detrás de sus métodos y reclamos. El mundo de la educación, complejo y dependiente de multitud de factores, es terreno fértil para que prosperen en él especies que guardan cierta relación con los pseudocientifícos, pretendiendo tener soluciones e ideas innovadoras que acabarán de un plumazo con los problemas de nuestro maltrecho sistema educativo. "Contra la nueva educación" es una defensa lúcida del papel que el profesor nunca debió perder, y una puesta en guardia contra todos aquellos "pseudodocentes" que quieren sacar provecho de los tiempos revueltos que nos ha tocado vivir, descubriendo el carácter vacío, pueril o poco riguroso de muchas de sus afirmaciones.

jueves, 3 de marzo de 2016

Contra la nueva educación en el blog de David Rabadà

David Rabadá, plaeontólogo y profesor Geología (y amigo) comenta en su blog Contra la nueva eduación. Conociendo a David, daba por hecho que habría sintonía entre lo que digo y lo que piensa, pero no está de más agradecer que haya leído el libro, pese a presuponer (imagino) que no le depararía mucha sorpresa. David destaca el hecho (ciertamente destacable) de que la pedagogía que se considera innovadora repite a menudo ideas pretéritas y denuncia el daño que metodologías supuestamente revolucionarias pueden causar en nuestro sistema educativo, que, por cierto, para muchos experimentos precisamente no está. Y  alude a una reflexión que aparece en el libro y cuya mención es, pienso, especialmente pertinente (o quizás especialmente impertinente): la reinvidicación de "la buena didáctica", esa que no está sometida a las ideas vaporosas y extravagantes de los vendedores de felicidad, bondad ilimitada y espontaneidad infinita.

Bien lo define David como "el mundo al revés". Un mundo en el que uno se encuentra de pronto teniendo que argumentar por qué es importante que los alumnos adquieran conocimientos, teniendo que justificar por qué un profesor no puede responsabilizarse de si sus educandos son o no felices más allá de la incuestionable relación personal que se establece entre maestro y discípulo y de lo que un docente puede buenamente hacer al respecto cuando intuye o detecta un problema personal, esforzarse en razonar que no es culpa (ni mérito) de la escuela si un alumno se convierte en una buena o una mala persona...

Aquí, sus comentarios.